Los psiquiatras cargan contra el libro «La invención de trastornos mentales»

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Los psiquiatras cargan contra el libro «La invención de trastornos mentales»

Mensaje  jordytellez el Dom Mar 30, 2008 12:49 am

La Sociedad Asturiana de Psiquiatría tilda de inmorales a los dos profesores de Psicología autores de la obra.

Oviedo, A. VILLACORTA

«Hablar
de la invención de las enfermedades mentales en un país donde hay más
de 400.000 personas que sufren esquizofrenia no sólo es frívolo, es
inmoral. Seguramente es una mezcla de ignorancia -se trata de personas
que no tienen contacto alguno con los miles de afectados que en
Asturias sufren un trastorno mental severo- y de intereses espurios,
bien personales o corporativos».

Ésta es una de las cargas de
profundidad con las que la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, a través
del psiquiatra Marcos Huerta, miembro de su junta directiva, se
defendió ayer de las críticas vertidas hacia los profesionales de esta
disciplina por Marino Pérez y Héctor González Pardo, catedrático y
profesor titular, respectivamente, de la Facultad de Psicología de la
Universidad de Oviedo, en su libro «La invención de trastornos
mentales», que acaba de ser publicado por Alianza Editorial.

En
la obra, que ha tenido una gran repercusión en todo el país, estos dos
profesores universitarios, expertos en psicofarmacología y psicología
clínica, denuncian que «la escalada de desórdenes psiquiátricos que
vivimos tiene mucho que ver con los intereses comerciales de la
industria farmacéutica y con la complacencia de profesionales y
pacientes». O lo que es lo mismo: que enfermedades como la depresión
que las generaciones precedentes no habrían considerado más que
problemas de la vida cotidiana han sido creadas por las multinacionales
para vender medicamentos con la connivencia de los psiquiatras.

La
Sociedad Asturiana de Psiquiatría remarca la «total coincidencia» de
los argumentos desgranados por estos autores en el libro «con la
iglesia de la Cienciología» y explica la «situación peculiar en la que
se encuentran los médicos». «Por un lado», explican, «todo el mundo
quiere ser médico: colegios profesionales de psicología y enfermería
reclaman poder prescribir fármacos, los farmacéuticos demandan
participar oficialmente en la atención y se multiplican las series
televisivas con émulos de Sherlock en hospitales de ensueño». Mientras
que, por otro, afirman los psiquiatras, «existe una presión mediática a
favor de las "terapias alternativas", de parir en casa o bajo el agua,
se insiste desde agrupaciones culturales altamente ideologizadas sobre
la "medicalización" de la sociedad, sin que se profundice en la crítica
global, ya innecesaria, una vez señalados determinados "cocos" del
imaginario propio». En esta encrucijada, argumentan, «cualquiera, sin
el menor conocimiento, o que tenga una visión sesgada, por incompleta,
de las cosas, se atreve a hacer críticas globales».

Ahora bien,
contraataca la Sociedad Asturiana de Psiquiatría, «no puede haber
crítica sin autocrítica». Y así, dicen, «sorprende que nadie hable, ya
que probablemente es ideológicamente más aceptable, de la
psicologización absurda de lo cotidiano. De suerte que, por ejemplo, en
la desgracia, en vez de sufrir el dolor íntimo de la pérdida, podemos
vernos asaltados por un comando de psicólogos enviado a la sazón por
nuestros gestores para curarnos de la pena y "apoyarnos" en nuestros
momentos de zozobra». A esta tendencia observada en las
administraciones públicas se suma «una presión social formidable para
que se den carta de naturaleza a patologías de más que dudoso rigor»:
«Son otros los interesados en que se consideren diagnósticos válidos el
"mobbing", el "síndrome de alienación parental" o las llamadas "nuevas
adicciones"».

«¿Veremos, próximamente, algún otro imprescindible
libro sobre estos temas?», se preguntan. Porque la realidad es, según
estos facultativos, «que en la misma cultura en la que vale todo,
porque todo es opinable, nadie quiere ser responsable de su biografía».

«Ahora
bien, mantener que la depresión como patología médica es un invento de
médicos y empresas farmacéuticas sólo se puede entender desde la
estulticia o la mala fe», concluyen con datos de la Organización
Mundial de la Salud, que sostiene que «los trastornos depresivos son la
causa principal de años perdidos por discapacidades en todas las
edades, por encima de los accidentes de tráfico, las enfermedades
cerebrovasculares, la diabetes o el sida». Y apelan a «las víctimas de
la ceremonia de confusión que algunos sacerdotes preconciliares,
ordenados en los tiempos de la antipsiquiatría, montan desde sus
púlpitos»: «Son los enfermos y sus familias, que no sólo a través de
esta promoción de la ignorancia ven aumentado el estigma que sufren,
sino que, al no cumplir con el tratamiento, pueden tener nuevas
recaídas».

RESPUESTA DE HÉCTOR GONZÁLEZ PARDO Y MARINO PÉREZ ÁLVAREZ (AUTORES DEL LIBRO)

Ciertamente,
nos ha sorprendido la carga que hacen los psiquiatras contra nuestro
libro «La invención de trastornos mentales» (La Nueva España, domingo 2
de diciembre). Nos ha sorprendido el tono bruto y agresivo, máxime al
venir en nombre de una muy digna sociedad científica y profesional como
es la Sociedad Asturiana de Psiquiatría. De todos modos, nuestra
respuesta va dirigida en particular a Marcos Huerta, si bien nos
mantendremos en un nivel por encima del suelo.

Nos da la
impresión de que la suya es una reacción al título del libro, pero no a
su argumento. Probablemente, nuestro crítico no ha leído el libro y, en
su caso, no lo ha entendido, porque de otra manera no se explica el
exabrupto. Para empezar, el libro no va contra los psiquiatras, sino
contra la concepción que hace pasar los trastornos mentales como si
fueran una «enfermedad más cualquiera», sea ello defendido por
psiquiatras o por psicólogos. Por otra parte, no faltan psiquiatras que
ven y denuncian esta tendenciosa tendencia. De hecho, libros similares
al nuestro han sido escritos por psiquiatras recientemente. Bastaría
echar una ojeada al índice de nuestro libro para ver que una de sus
tres partes se titula «Desenmascaramiento de la psiquiatría y la
psicología clínica».
¿Qué quiere decir «invención»? Nosotros
llamamos «invención» a esa concepción que hace pasar los trastornos
mentales como si fueran una «enfermedad más cualquiera». Está muy claro
en el libro que esta invención no la hacen los profesionales, no es una
invención de la nada y una vez hecha la invención no deja de ser algo
real.

La invención de supuestas «enfermedades mentales» no la
hacen los profesionales en la práctica clínica, sino que es un fenómeno
a escala cultural que, entre otros factores, incluye la cultura clínica
de la gente y la formación facultativa de los propios clínicos, en cuyo
proceso sin duda es importante la industria farmacéutica con su
marketing dirigido expresamente a la sensibilización de la población y
de los profesionales so pretexto de información. En este sentido, los
profesionales son a menudo ellos mismos más unos «mandados» y
«víctimas» del sistema que propiamente inventores de nada. Como muchos
psiquiatras han denunciado, la psiquiatría está hoy en buena medida en
manos de la industria farmacéutica.

La invención de supuestas
«enfermedades mentales» no se realiza a partir de la nada, de hecho los
trastornos mentales existen. La invención como enfermedades se hace a
partir de los problemas que tiene la gente, por los que va a consulta.
La tesis que nosotros defendemos es que la invención de supuestas
enfermedades deriva de los problemas de la vida (conflictos,
decepciones, pérdidas, agobios, dificultades, fracasos, etcétera). Es
una tesis polémica y discutible, pero clara, decidida y fundada. Esta
tesis no excluye posibles factores neurobiológicos, pero tampoco los
pone por delante como causas. Por cierto, no hay todavía al día de hoy
establecida ninguna causa biológica de ningún trastorno psicológico por
muy «enfermedad mental» que se diga. Es más, posibles factores
biológicos concomitantes a un trastorno puede que sean más
consecuencias del trastorno que supuestas causas del mismo. Por el
contrario, lo que sí está establecido es que los factores psicológicos
están implicados en el desarrollo de los trastornos mentales. Esta
tesis es lo que habría que discutir y no reaccionar sin más al título
del libro.

La invención de supuestas «enfermedades mentales»,
una vez hecha, no deja de dar lugar a productos reales. El paciente que
«sale» con un diagnóstico, valga por caso, de «fobia social» y la
correspondiente medicación, por citar uno de los últimos inventos,
acaso tenga una «enfermedad mental»: así se lo han dicho o dado a
entender y así probablemente viva y entienda su problema, de no ser así
¿por qué recibe medicación? Llegados a este punto, nosotros no
negaríamos que esa supuesta «enfermedad mental» sea un hecho real, lo
que planteamos es cómo se ha hecho real.
Cuestión ontológica. En el
libro mostramos cómo ciertos problemas de la vida y a veces ni siquiera
problemas, por ejemplo, simples estilos de comportamiento o maneras de
ser como la timidez se han convertido en trastornos mentales que a
menudo se hacen pasar por enfermedades de supuesta base neurobiológica
(los tan socorridos desequilibrios neuroquímicos). Pero nuestro
argumento no queda en la mera denuncia de esa patologización
(psiquiatrización o psicologización, que nos da igual) de la vida
cotidiana, por lo demás conocido. Otros libros ya lo han hecho. Lo que
hace a nuestro libro único, permítase decirlo, es que plantea cómo es
posible que algo que es un problema de la vida o incluso ni siquiera un
problema llega a ser todo un trastorno y aun una «enfermedad mental».
Ésta es una cuestión ontológica acerca de cuál es la naturaleza y el
modo de ser de los trastornos mentales.

La conclusión a la que
llegamos es que ello es posible porque los trastornos mentales, sin
dejar de ser reales y algunos suponer un enorme sufrimiento, lejos de
ser entidades naturales como, por ejemplo, la diabetes, la hepatitis o
el alzheimer (éstas sí son enfermedades) son entidades interactivas (en
el sentido de Ian Hacking), susceptibles de ser influidas (modeladas y
reconstruidas) por el conocimiento que se tenga de ellas, incluyendo la
cultura clínica de la gente, la sensibilización de la población y las
prácticas clínicas (teorías, diagnósticos, técnicas, etcétera). Por eso
pueden terminar como supuestas enfermedades, pero no porque estuvieran
ahí dadas esperando a ser descubiertas (diagnosticadas), sino por una
serie de factores y actores implicados en una escala cultural, como se
decía. Nuestro psiquiatra crítico reconocerá que la suya es la única
especialidad médica que no trata propiamente con enfermedades, sino con
síndromes, conjuntos de síntomas que pueden y suelen reorganizarse de
una manera práctica, y ahí habrá que preguntarse ahora ¿práctica para
qué y para quién? (¿para recetar?, ¿para entender el problema?, ¿para
hacer estadísticas?, etcétera).
¿Por qué contra la consideración de
«enfermedad»? Pero ¿cuál es el caso contra las supuestas «enfermedades
mentales», si es una manera práctica de entenderse y de dar solución a
los problemas de la gente? Ésta sería una buena cuestión para el
crítico, si entrara en el libro. Por lo que a nosotros respecta,
diremos que es una mala y tendenciosa solución, por las siguientes
razones, dejando aparte, lo que es mucho dejar, que no serían
enfermedades más que por analogía.

En primer lugar, la adopción
casi ya convencional de los trastornos mentales como enfermedades no ha
reducido el estigma, según se pensaba iba a suceder, supuesto que la
noción de «enfermedad» no implica valoraciones personales. Sin embargo,
estudios recientes muestran que el estigma ha aumentado tanto en la
población como en los propios clínicos, ya que unos y otros ven a los
«enfermos mentales» como siendo imprevisibles e incontrolados y los
tratan con distancia, sin considerar el significado de sus síntomas al
suponer que derivan de algún desequilibrio neuroquímico.

En
segundo lugar, los propios pacientes adoptan el papel pasivo de
paciente, quedando a expensas de que la medicación solucione su
problema. Nuestra concepción es que las personas, en vez de pacientes,
pueden y deben ser agentes autosanadores activos. Las intervenciones
psicológicas van por este lado. En tercer lugar, la noción de
enfermedad desvía la atención de las verdaderas condiciones de las que
dependen los trastornos mentales, que a nuestro juicio se encuentran en
los problemas de la vida y en las maneras que tienen las personas de
tratar con ellos.

En cuarto lugar, pero no menos importante, la
concepción de enfermedad está funcionando en realidad como
justificación de la medicación masiva a la que hemos llegado. Sin tener
nada en contra de la medicación, por principio, lo cierto es que se usa
abusivamente. Aparte de sus posibles efectos nocivos (entre ellos
efectos secundarios y adicciones), la medicación está suponiendo un
enorme gasto sanitario (y por su lado un enorme negocio), sin ser la
mejor solución posible, a juzgar por la escalada de consumo, indicativa
de que las cosas van a peor, porque, si no, no sería necesario más y
más remedio de lo mismo. Es interesante recordar aquí una propuesta
inglesa, con base en criterios económicos y de eficacia terapéutica,
según la cual no se debería aplicar medicación para la depresión antes
de diez sesiones de terapia psicológica, sabido que ésta es la solución
por la que se debiera empezar.

En fin, siendo éste el tema de
nuestro libro, se comprenderá que nos haya sorprendido la reacción sin
duda inapropiada de M. H. Por un momento hemos creído en la medicación
como primera línea de actuación, pero aún creemos más en que la
explicación adecuada es lo que hace a la gente más juiciosa.

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