De cómo la homosexualidad dejó de ser un "trastorno"

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De cómo la homosexualidad dejó de ser un "trastorno"

Mensaje  jordytellez el Dom Mar 30, 2008 12:47 am

Transcribo un artículo que viene de una traducción de un informe sobre
cómo se quitó la homosexualidad de la lista de enfermedades mentales.
No tiene desperdicio. El original está en la red, pero en inglés, por
esto he puesto este, por si alguno no habla english

El juicio
sobre la homosexualidad ha experimentado diversas variaciones a lo
largo de la Historia. En general, las culturas de la Antigüedad
generalmente la juzgaron moralmente reprobable. Egipcios y
mesopotámicos la contemplaron con desdén mientras que para el pueblo de
Israel se hallaba incluida en el listado de una serie de conductas
indignas del pueblo de Dios que se extendían del adulterio a la
zoofilia pasando por el robo o la idolatría (Levítico 18, 22). No en
vano, el Antiguo Testamento incluía entre los relatos más cargados de
dramatismo el de la destrucción de Sodoma y Gomorra (Génesis 13, 14, 18
y 19), cuyos habitantes habían sido castigados por Dios por practicar
la homosexualidad. Durante el período clásico, la visión fue menos
uniforme. En Grecia, por ejemplo, alguna formas de conducta homosexual
masculina y sin penetración era tolerable mientras que en Roma fue
duramente fustigada por autores como Tácito o Suetonio como un signo de
degeneración moral e incluso de decadencia cívica. El cristianismo
-que, a fin de cuentas, había nacido del judaísmo- también condenó
expresamente la práctica de la homosexualidad. No sólo Jesús legitimó
lo enseñado por la ley de Moisés sin hacer excepción con los actos
homosexuales (Mateo 5, 17-20) sino que el Nuevo Testamento en general
condenó la práctica de la homosexualidad considerándola contraria a la
ley de Dios y a la Naturaleza (Romanos 1, 26-27) y afirmando que
quienes incurrieran en ella, al igual que los que practicaran otro tipo
de pecados, no entrarían en el Reino de los cielos (I Corintios 6, 9).

La
condena de la práctica homosexual fue común en los Padres de la Iglesia
y en los documentos más antiguos de disciplina eclesial aparece como
uno de los pecados que se penan con la excomunión. Partiendo de esta
base no resulta extraño que el mundo medieval -tanto judeo y cristiano
como musulmán- condenara las prácticas homosexuales e incluso las
penara legalmente aunque luego en la vida cotidiana fuera tan tolerante
-o tan intolerante- con esta conducta como con otras consideradas
pecado. Esta actitud fue aplastantemente mayoritaria en occidente -y en
buena parte del resto del globo- durante los siglos siguientes.
Esencialmente, la visión negativa de la homosexualidad estaba
relacionada con patrones religiosos y morales y no con una calificación
médica o psiquiátrica. El homosexual podía cometer actos censurables
-no más por otra parte que otros condenados por la ley de Dios- que
incluso se calificaban de contrarios a la Naturaleza y de perversión.
No obstante, no se identificaba su conducta con un trastorno mental o
con un desarreglo físico. En realidad, para llegar a ese juicio habría
que esperar a la consolidación de la psiquiatría como ciencia.

Partiendo
de una visión que consideraba como natural el comportamiento
heterosexual -que meramente en términos estadísticos es de una
incidencia muy superior- la psiquiatría incluiría desde el principio la
inclinación homosexual -y no sólo los actos como sucedía con los
juicios teológicos- entre las enfermedades que podían y debían ser
tratadas. Richard von Kraft-Ebing, uno de los padres de la moderna
psiquiatría del que Freud se reconocía tributario, la consideró incluso
como una enfermedad degenerativa en su Psychopatia Sexualis. De manera
no tan difícil de comprender, ni siquiera la llegada del psicoanálisis
variaría ese juicio. Es cierto que Freud escribiría en 1935 una
compasiva carta a la madre norteamericana de un homosexual en la que le
aseguraba que «la homosexualidad con seguridad no es una ventaja, pero
tampoco es algo de lo que avergonzarse, ni un vicio, ni una
degradación, ni puede ser clasificado como una enfermedad». Sin
embargo, sus trabajos científicos resultan menos halagüeños no sólo
para las prácticas sino incluso para la mera condición de homosexual.
Por ejemplo, en sus Tres ensayos sobre la teoría de la sexualidad,
Freud incluyó la homosexualidad entre las «perversiones» o
«aberraciones sexuales», por usar sus términos, de la misma manera que
el fetichismo del cabello y el pie o las prácticas sádicas. A juicio de
Freud, la homosexualidad era una manifestación de falta de desarrollo
sexual y psicológico que se traducía en fijar a la persona en un
comportamiento previo a la madurez heterosexual.

En un sentido
similar, e incluso con matices de mayor dureza, se pronunciaron también
los otros grandes popes del psicoanálisis, Adler y Jung. Los
psicoanalistas posteriores no sólo no modificaron estos juicios sino
que incluso los acentuaron a la vez que aplicaban tratamientos
considerados curativos contra la inclinación homosexual. En los años
cuarenta del siglo XX, por ejemplo, Sandor Rado sostuvo que la
homosexualidad era un trastorno fóbico hacia las personas del sexo
contrario, lo que la convertía en susceptible de ser tratada como otras
fobias. Bieber y otros psiquiatras, ya en los años sesenta, partiendo
del análisis derivado de trabajar con un considerable número de
pacientes homosexuales, afirmaron que la homosexualidad era un
trastorno psicológico derivado de relaciones familiares patológicas
durante el período edípico. Charles Socarides en esa misma década y en
la siguiente -de hecho hasta el día de hoy- defendía, por el contrario,
la tesis de que la homosexualidad se originaba en una época pre-edípica
y que por lo tanto resultaba mucho más patológica de lo que se había
pensado hasta entonces. Socarides es una especie de bestia negra del
movimiento gay hasta el día de hoy pero resulta difícil pensar en
alguien que en el campo de la psiquiatría haya estudiado más minuciosa
y exhaustivamente la cuestión homosexual. Curiosamente, la
relativización de esos juicios médicos procedió no del campo de la
psiquiatría sino de personajes procedentes de ciencias como la zoología
(Alfred C. Kinsey) cuyas tesis fueron frontalmente negadas por la
ciencia psiquiátrica. De manera comprensible y partiendo de estos
antecedentes, el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental
Disorders) incluía la homosexualidad en el listado de desórdenes
mentales. Sin embargo, en 1973 la homosexualidad fue extraída del DSM
en medio de lo que el congresista norteamericano W. Dannemeyer
denominaría «una de las narraciones más deprimentes en los anales de la
medicina moderna». El episodio ha sido relatado ampliamente por uno de
sus protagonistas, Ronald Bayer, conocido simpatizante de la causa gay,
y ciertamente constituye un ejemplo notable de cómo la militancia
política puede interferir en el discurso científico modelándolo y
alterándolo. Según el testimonio de Bayer, dado que la convención de la
Asociación psiquiátrica americana (APA) de 1970 iba a celebrarse en San
Francisco, distintos dirigentes homosexuales acordaron realizar un
ataque concertado contra esta entidad. Se iba a llevar así a cabo «el
primer esfuerzo sistemático para trastornar las reuniones anuales de la
APA». Cuando Irving Bieber, una famosa autoridad en transexualismo y
homosexualidad, estaba realizando un seminario sobre el tema, un grupo
de activistas gays irrumpió en el recinto para oponerse a su
exposición. Mientras se reían de sus palabras y se burlaban de su
exposición, uno de los militantes gays le gritó: «He leído tu libro,
Dr. Bieber, y si ese libro hablara de los negros de la manera que habla
de los homosexuales, te arrastrarían y te machacarían y te lo
merecerías». Igualar el racismo con el diagnóstico médico era pura
demagogia y no resulta por ello extraño que los presentes manifestaran
su desagrado ante aquella manifestación de fuerza.

Sin embargo,
el obstruccionismo gay a las exposiciones de los psiquiatras tan sólo
acababa de empezar. Cuando el psiquiatra australiano Nathaniel
McConaghy se refería al uso de «técnicas condicionantes aversivas» para
tratar la homosexualidad, los activistas gays comenzaron a lanzar
gritos llamándole «sádico» y calificando semejante acción de «tortura».
Incluso uno se levantó y le dijo: «¿Dónde resides, en Auchswitz?». A
continuación los manifestantes indicaron su deseo de intervenir
diciendo que habían esperado cinco mil años mientras uno de ellos
comenzaba a leer una lista de «demandas gays». Mientras los militantes
acusaban a los psiquiatras de que su profesión era «un instrumento de
opresión y tortura», la mayoría de los médicos abandonaron indignados
la sala. Sin embargo, no todos pensaban así. De hecho, algunos
psiquiatras encontraron en las presiones gays alicientes inesperados.
El Dr. Kent Robinson, por ejemplo, se entrevistó con Larry Littlejohn,
uno de los dirigentes gays, y le confesó que creía que ese tipo de
tácticas eran necesarias, ya que la APA se negaba sistemáticamente a
dejar que los militantes gays aparecieran en el programa oficial. A
continuación se dirigió a John Ewing, presidente del comité de
programación, y le dijo que sería conveniente ceder a las pretensiones
de los gays porque de lo contrario «no iban solamente a acabar con una
parte» de la reunión anual de la APA. Según el testimonio de Bayer,
«notando los términos coercitivos de la petición, Ewing aceptó
rápidamente estipulando sólo que, de acuerdo con las reglas de la
convención de la APA, un psiquiatra tenía que presidir la sesión
propuesta». Que la APA se sospechaba con quién se enfrentaba se
desprende del hecho de que contratara a unos expertos en seguridad para
que evitaran más manifestaciones de violencia gay. No sirvió de nada.

El
3 de mayo de 1971, un grupo de activistas gays irrumpió en la reunión
de psiquiatras del año y su dirigente, tras apoderarse del micrófono,
les espetó que no tenían ningún derecho a discutir el tema de la
homosexualidad y añadió: «Podéis tomar esto como una declaración de
guerra contra vosotros». Según refiere Bayer, los gays se sirvieron a
continuación de credenciales falsas para anegar el recinto y amenazaron
a los que estaban a cargo de la exposición sobre tratamientos de la
homosexualidad con destruir todo el material si no procedían a
retirarlo inmediatamente. A continuación se inició un panel
desarrollado por cinco militantes gays en el que defendieron la
homosexualidad como un estilo de vida y atacaron a la psiquiatría como
«el enemigo más peligroso de los homosexuales en la sociedad
contemporánea». Dado que la inmensa mayoría de los psiquiatras podía
ser más o menos competente, pero desde luego ni estaba acostumbrada a
que sus pacientes les dijeran lo que debían hacer ni se caracterizaba
por el dominio de las tácticas de presión violenta de grupos
organizados, la victoria del lobby gay fue clamorosa. De hecho, para
1972, había logrado imponerse como una presencia obligada en la reunión
anual de la APA. El año siguiente fue el de la gran ofensiva encaminada
a que la APA borrara del DSM la mención de la homosexualidad. Las
ponencias de psiquiatras especializados en el tema como Spitzer,
Socarides, Bieber o McDevitt fueron ahogadas reduciendo su tiempo de
exposición a un ridículo cuarto de hora mientras los dirigentes gays y
algún psiquiatra políticamente correcto realizaban declaraciones ante
la prensa en las que se anunciaba que «los médicos deciden que los
homosexuales no son anormales».

Finalmente, la alianza de Kent
Robinson, el lobby gay y Judd Marmor, que ambicionaba ser elegido
presidente de la APA, sometió a discusión un documento cuya finalidad
era eliminar la mención de la homosexualidad del DSM. Su aprobación, a
pesar de la propaganda y de las presiones, no obtuvo más que el 58 por
ciento de los votos. Se trataba, sin duda, de una mayoría cualificada
para una decisión política pero un tanto sobrecogedora para un análisis
científico de un problema médico. No obstante, buena parte de los
miembros de la APA no estaban dispuestos a rendirse ante lo que
consideraban una intromisión intolerable y violenta de la militancia
gay. En 1980, el DSM incluyó entre los trastornos mentales una nueva
dolencia de carácter homosexual conocida como ego-distónico. Con el
término se había referencia a aquella homosexualidad que, a la vez,
causaba un pesar persistente al que la padecía. En realidad, se trataba
de una solución de compromiso para apaciguar a los psiquiatras -en su
mayoría psicoanalistas- que seguían considerando la homosexualidad una
dolencia psíquica y que consideraban una obligación médica y moral
ofrecer tratamiento adecuado a los que la padecían. Se trató de un
triunfo temporal frente a la influencia gay. En 1986, los activistas
gays lograban expulsar aquella dolencia del nuevo DSM e incluso
obtendrían un nuevo triunfo al lograr que también se excluyera la
paidofilia de la lista de los trastornos psicológicos. En Estados
Unidos, al menos estatutariamente, la homosexualidad -y la paidofilia-
había dejado de ser una dolencia susceptible de tratamiento
psiquiátrico. Cuestión aparte es que millares de psiquiatras aceptaran
aquel paso porque la realidad es que hasta la fecha han seguido
insistiendo en que la ideología política en este caso la del movimiento
gay- no puede marcar sus decisiones a la ciencia y en que, al haber
consentido en ello la APA, tal comportamiento sólo ha servido para
privar a los enfermos del tratamiento que necesitaban. Se piense lo que
se piense al respecto -y la falta de unanimidad médica debería ser una
buena razón para optar por la prudencia en cuanto a las opiniones
tajantes- la verdad era que la decisión final que afirmaba que la
homosexualidad no era un trastorno psicológico había estado más basada
en la acción política que en una consideración científica de la
evidencia. Por ello, ética y científicamente no se diferenciaba mucho
de aberraciones históricas como el proceso de Galileo o las purgas
realizadas por Lysenko.

Por César VIDAL
La Razón, martes 31 de diciembre de 2002

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