Neurociencia y ética

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Neurociencia y ética

Mensaje  jordytellez el Mar Mayo 06, 2008 12:18 am

Por Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y directora de la Fundación ÉTNOR (EL PAÍS, 19/12/07):
La interdisciplinariedad, esa expresión tan manida como poco
practicada, es a todas luces una necesidad social. Aunque en las
universidades siga habiendo algo así como fosos con cocodrilos entre
las ciencias “duras” (las naturales), las “blandas” (sociales y de la
salud) y las humanidades, lo bien cierto es que ni un solo problema
puede abordarse con rigor en solitario. De Solo ante el peligro habríamos de pasar a la colaboración sincera, si no queremos acabar en La jauría humana.
Teniendo en cuenta que en este trabajo compartido son también
indispensables los “legos” en las distintas materias, los ciudadanos de
a pie, que son también afectados.
Un ejemplo palmario de esa necesidad -sólo uno- es el de las
neurociencias, que tan valiosas aportaciones vienen haciendo al
bienestar humano y, a la vez, tal cantidad de desafíos están planteando
al conjunto de la sociedad.
Las neurociencias, como sabemos, son ciencias experimentales que
intentan explicar cómo funciona el cerebro, sobre todo el humano; y
dieron un paso prodigioso al descubrir que las distintas áreas del
cerebro se han especializado en diversas funciones y que a la vez
existe entre ellas un vínculo. Las capacidades de razonar y sentir
están misteriosamente ligadas, de modo que los fallos emocionales
pueden llevar a conducirse de forma antisocial a gentes que, sin
embargo, razonan moralmente bien.
El caso de Phineas Gage, en 1848, en Nueva Inglaterra, fue
espectacular. Un capataz de la construcción, querido y admirado por
compañeros y jefes, sufre un terrible accidente que le daña el cerebro
y con el tiempo su conducta cambia radicalmente. Se convierte en un ser
agresivo, desagradable, del que todos huyen, a pesar de que sigue
manteniendo su capacidad de razonar. Tras el accidente, “Gage no es
Gage”, dirá Damasio en El error de Descartes.
El Dr. Jekyll, serio y responsable -podemos decir por nuestra
cuenta-, se puede convertir por perturbaciones cerebrales en Mister
Hyde, en un ser incapaz de anticipar el futuro, prever consecuencias y
asumir responsabilidades. Justamente, cuando el hombre es el animal
capaz de hacer promesas.
Todo esto abre, claro está, un universo de posibilidades para hacer
real ese principio de la ética científica que es el de beneficiar sin
dañar.
Se dice que podremos prevenir enfermedades como la esquizofrenia, el
Alzheimer o la arterioesclerosis, mantener una salud neuronal decente
hasta bien entrados los años, como también diagnosticar, prevenir y
tratar tendencias, como las violentas, que dañan a la sociedad, pero
también a los violentos mismos.
Al parecer, las tendencias violentas tienen su origen en la
estructura del cerebro, y un déficit en ella predispone a conducirse de
forma agresiva. Como por fortuna no somos esclavos de nuestra biología,
sino que la mayor parte de nuestra conducta depende de la interacción
con el medio, es posible tomar medidas quirúrgicas y farmacológicas,
pero sobre todo educativas. Cuantos más datos tengamos sobre
nosotros mismos, mejor orientada irá la educación, que debería ser
cuestión prioritaria en cualquier país.
Ahora bien, como el principio de beneficiar está ligado al de no
dañar, importa tratar esos datos con sumo cuidado para no estigmatizar
a determinadas personas aun antes de que actúen, para no violar el
deber de confidencialidad utilizando los conocimientos con fines
policiales, laborales o eugenésicos, y para no eximir de
responsabilidades a quienes sí podían obrar de otro modo. De hecho, los
jueces tratan este tipo de información como un elemento más a la hora
de decidir, pero no como determinante. A todo ello se añade la
necesidad de repensar ciertas claves del mundo humano como en qué
consiste la identidad de una persona y en qué medida es legítimo
intervenir en su cuerpo sin su consentimiento. Con todo ello nace la ética de la neurociencia, en la que han de trabajar expertos de los distintos saberes y ciudadanos legos en esas materias.
Sin embargo, también se abre otro camino de investigación conjunta y
de intervención social que no es menos importante. Aunque la conducta
personal depende sólo en parte de la dotación genética -según se dice,
representa sólo un 25 por ciento-, mientras que el resto depende de la
interacción con el medio, parece que cuentan algunos neurocientíficos
que esa dotación ya viene marcada por unos códigos de conducta que se
han ido grabando en nuestros cerebros durante millones de años de
evolución. Descubrir esos códigos nos ayudará a seguir el consejo
socrático de “conócete a ti mismo”, nos ayudará a comprendernos mejor,
lo cual es siempre una ganancia.
Por ejemplo, experimentos como los de McConnell y Leibold muestran
que estudiantes de raza blanca no especialmente racistas reaccionaban
con miedo ante fotografías de personas de raza negra, aunque ellos
mismos no lo percibieran así. Lo mismo ocurrió con estudiantes de raza
negra a los que se enseñaron fotografías de gentes de raza blanca.
Excepto, en un caso y otro, cuando se trataba de personajes conocidos,
que entonces no provocaban miedo.
Con experimentos como éstos -cuentan algunos neurobiólogos- se
descubre al parecer un código social inscrito en nuestro cerebro que
nos lleva a reaccionar frente a los diferentes con miedo y agresividad
y a desarrollar conductas violentas contra ellos. Reacción presente en
todas las culturas y que tiene una explicación evolutiva: hace cinco
mil generaciones éramos apenas diez mil individuos y de ellos provienen
los genes, que son los mismos en un 99′9 por ciento.
Durante millones de años los seres humanos han vivido en grupos
homogéneos, sumamente reducidos, y el principio evolutivo de
supervivencia les ha llevado a solidarizarse internamente y a repudiar
a los diferentes, a los extraños. Por eso nos importan las personas
concretas y cercanas, no los lejanos, porque -se dice- si estamos
programados para salvar a un individuo que tenemos delante, todo el
grupo sobrevivirá mejor. “Ojos que no ven, corazón que no siente”.
Conformarse a las normas de la propia sociedad y preocuparse por los
cercanos es entonces un código grabado a fuego en nuestro cerebro,
según algunos descubrimientos neurobiológicos.
Ahora bien, como de estas premisas -creo yo- no podemos sacar la
conclusión de que conviene volver a los pequeños grupos de gentes
homogéneas, hacer guetos en los que no entren los diferentes y
promocionar la separación entre etnias y razas, justamente cuando nos
hemos propuesto objetivos tan éticamente deseables como la construcción
de un mundo intercultural y la configuración de una ciudadanía
cosmopolita que tenga por clave el respeto activo al diferente, la
protección de los derechos de todos los seres humanos y el
empoderamiento de sus capacidades vitales, parece que nos queda mucho
camino por andar.
Un camino en que ha de implicarse la sociedad en su conjunto, si es que queremos llegar a buen puerto.

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A propósito de "Neurociencia y Ética"

Mensaje  jordytellez el Mar Mayo 06, 2008 12:19 am

Joaquin Caretti Rios (Madrid)

El artículo “Neurociencia y Ética” de Adela Cortina, catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia, aparecido en el diario “El País”
el 19/12/07, ilustra bien una línea del pensamiento actual donde se
mezcla la preocupación por la situación de la civilización, junto con
soluciones basadas en conclusiones exclusivamente biológicas y
seudocientíficas que conducen en su afán curativo y pedagógico a
propuestas perversas. Aboga la autora, en primer lugar, por un
trabajo interdisciplinario entre las ciencias duras, las blandas y las
humanidades incluyendo a la ciudadanía cosmopolita, pues sin esto el
riesgo es caer en “La jauría humana” En esta línea se ubican las
neurociencias “quienes dieron un paso prodigioso al descubrir que las
distintas áreas del cerebro se han especializado en diversas funciones
y que a la vez existe entre ellas un vínculo. Las capacidades de
razonar y sentir están misteriosamente ligadas, de modo que
los fallos emocionales pueden llevar a conducirse de forma antisocial a
gentes que, sin embargo, razonan moralmente bien.” (Las cursivas de
todo el texto son mías). Veremos que este misterio de la
articulación entre emoción y razón no le impide avanzar en
conclusiones. Para ello toma un ejemplo del libro “El error de
Descartes” de Antonio Damasio donde se cita el caso de un
capataz de la construcción de ferrocarriles que tuvo un accidente en
Vermont en 1848, que le afectó el cerebro. Con el tiempo, cambió de
conducta para con los demás -se hizo agresivo y desagradable- a pesar
de que conservaba su capacidad de razonar. “El Dr. Jekyll, serio y
responsable se puede convertir por perturbaciones cerebrales
en Mister Hyde, en un ser incapaz de anticipar el futuro, prever
consecuencias y asumir responsabilidades” Extraña conclusión de una
historia sin detalles en la que se razona según una lógica simple,
atribuyendo sin más al daño cerebral del lóbulo frontal izquierdo un
efecto en la conducta, sin investigar nada de lo que este capataz,
Phineas Gage, decía sobre su accidente y sus consecuencias subjetivas.
¿Esto es ciencia? ¿No se llega demasiado rápido a relacionar ánimo y
cerebro? Y sigue. “Se dice que podremos prevenir enfermedades
como la esquizofrenia, el Alzheimer o la arterioesclerosis, mantener
una salud neuronal decente hasta bien entrados los años, como también diagnosticar, prevenir y tratar tendencias, como las violentas, que dañan a la sociedad, pero también a los violentos mismos”. Interesante
este “se dice” del orden de la opinión, pero que no es lo central, ya
que el meollo del texto son las conductas violentas de las personas y
cómo abordarlas. Y aquí juega su hipótesis sostenida en un “al parecer”
sin rigor científico: “Al parecer, las tendencias violentas tienen su
origen en la estructura del cerebro, y un déficit en ella predispone a
conducirse de forma agresiva” Ignora el descubrimiento freudiano del
inconsciente que fundamenta la coexistencia en el sujeto de la
posibilidad de una razón adecuada junto con una agresividad que se
puede desbordar. Aquello que Freud y posteriormente Lacan van a situar
como un falla estructural, es decir constitutiva de la subjetividad, Adela Cortina lo adjudica a un déficit
de la estructura cerebral y, como veremos más adelante, en relación con
una marca genética. Las consecuencias de su enfoque afectan
peligrosamente a los seres humanos ya que de éste dependerán las
medidas a tomar. Falla constitutiva o déficit neuronal libran hoy una
batalla decisiva. Llegado a este punto hace su propuesta
terapéutica: “Como por fortuna no somos esclavos de nuestra biología,
sino que la mayor parte de nuestra conducta depende de la interacción
con el medio, es posible tomar medidas quirúrgicas y farmacológicas, pero sobre todo educativas.”
¿Uno lee bien? ¿Ha dicho quirúrgicas? ¡Pues si!, lo ha dicho sin ningún
pudor. Así que volveremos a la época de las lobotomías, claro que ahora
serán más precisas y no tan amplias, cuidando de no dañar al individuo
gracias a los avances de la neurocirugía. ¿Se prestarán los
neurocirujanos a estas tropelías en aras del supuesto bien de la
sociedad? Y no podía faltar la vertiente educativa “cuestión
prioritaria en cualquier país” Ya tenemos a las TCC en acción. Claro
que se da cuenta la autora de que en esta política de detección precoz
del violento -como se pretende hacer en Inglaterra con los niños
menores de cinco años gracias a una propuesta de Gary Pugh, director
forense de Scotland Yard, quien propone hacer un banco de ADN con los
niños cuyo comportamiento indique que pueden llegar a delinquir-
“importa tratar esos datos con sumo cuidado para no estigmatizar a
determinadas personas aun antes de que actúen, para no violar el deber
de confidencialidad utilizando los conocimientos con fines policiales, laborales o eugenésicos, y para no eximir de responsabilidad a quienes si podrían obrar de otro modo
Teme la eugenesia y la segregación pero según avanza el artículo su
pensamiento la va conduciendo a ello y se cuela en el final del
párrafo: ¡así que hay sujetos que no pueden obrar de otro modo, los que
tienen el déficit, y que no serían responsables de su violencia, y
otros que al no tenerlo serían responsables de sus actos! El mundo
dividido entre deficitarios y ¿normales?, entre responsables e
irresponsables, entre violentos y no violentos. Los individuos
etiquetados desde la infancia e irresponsabilizados de por vida. ¿Desde
la infancia? ¡No!, desde antes de ser concebidos, ya que Adela Cortina
da un paso más: “(…) se abre otro camino de investigación
conjunta y de intervención social no menos importante. Aunque la
conducta personal depende sólo en parte de la dotación genética -según
se dice representa sólo un 25 por ciento-, mientras que el resto
depende de la interacción con el medio, parece que cuentan algunos
neurocientíficos que esa dotación ya viene marcada por unos códigos de
conducta que se han ido grabando en nuestros cerebros durante millones
de años de evolución. Descubrir esos códigos nos ayudará a seguir el
consejo socrático de “conócete a ti mismo”, nos ayudará a comprendernos
mejor, lo cual es siempre una ganancia.”. Llega entonces a que la
conducta personal es fruto de un código genético grabado en nuestro
cerebro. Ya no son nuestros actos consecuencia de una decisión personal
o efecto de fuerzas pulsionales que se le imponen al sujeto y de las
cuales deberá hacerse responsable, aunque le parezcan extrañas, sino
que la conducta violenta es una marca genética que ha heredado, “un
código social inscripto en nuestro cerebro que nos lleva a reaccionar
frente a los diferentes con miedo y agresividad y a desarrollar
conductas violentas contra ellos (…) presente en todas las culturas y
que tiene una explicación evolutiva (…) los genes, que son los mismos
en un 99,9 por ciento”. Según Adela Cortina, al vivir en
grupos homogéneos reducidos, por millones de años, los humanos han
aprendido a solidarizarse entre los de su grupo y a repudiar a los
extraños, “por eso nos importan las personas concretas y cercanas y no
los lejanos. Conformarse a las normas de la propia sociedad y
preocuparse por los cercanos es entonces un código grabado a fuego en
nuestro cerebro, según algunos neurobiólogos” ¿Cómo explicar entonces
que en los grupos más pequeños y homogéneos como la pareja o la familia
pueda imperar una forma de violencia extrema? ¿Un déficit en el código?
Es decir, que aquel que se apartara de este código debería ser tratado
de las maneras que antes señaló, ya que habría salido del campo de lo
humano y su código genético. No así los que fueran violentos con los
extraños ya que esto es lo que marca el código genético. ¿Autorización
implícita entonces? Como se observa a lo largo de esta lectura,
las propuestas de la catedrática, llenas de buenas intenciones, llevan
-aunque ella en teoría las rechace- a experiencias de homogeneización,
medicalización, segregación y manipulación genética de aquellos que se
pueda prever que van a experimentar conductas violentas. Una forma más
refinada de control social y de impedir cualquier cambio en las
estructuras socioeconómicas del mundo y, más aún, de obstaculizar que
los sujetos puedan hacer la experiencia de trabajar su inconsciente.

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