Entrevista con Michel Foucault

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Entrevista con Michel Foucault

Mensaje  jordytellez el Jue Mar 27, 2008 1:40 am

Las relaciones de poder penetran en los cuerpos

(entrevista con Michel Foucault)

L. Finas

L. Finas: Michel, hay un texto que me parece realmente asombroso desde
todos los puntos de vista: el primer volumen de su
Historia de la sexualidad, "La voluntad de
saber
".
La tesis que usted defiende en él es inesperada y, a primera vista,
simple, pero se hace progresivamente más compleja. En resumen, digamos
que entre el poder y el sexo no se establece una relación de represión,
sino todo lo contrario.

M.
Foucault: Hasta cierto momento yo aceptaba la concepción tradicional
del poder: el poder como un mecanismo esencialmente jurídico. Lo
que dicen las leyes, lo que niegan o prohíben, con toda una letanía
de efectos negativos: exclusión, rechazo, barreras, negaciones,
ocultaciones, etc. Pero ahora considero inadecuada esa concepción.
Me serví de ella en la Historia de la locura, ya que la locura
es un caso privilegiado: sin duda, durante el periodo clásico el
poder se ejerció sobre la locura a través, prioritariamente, de
la exclusión; se asiste entonces a una gran reacción de rechazo
en la que la locura se vio implicada.
Para analizar este hecho pude utilizar sin demasiados problemas esta
concepción puramente negativa del poder, pero a partir de cierto
momento me pareció insuficiente. Esto ocurrió en el transcurso de
una experiencia concreta que tuve a partir de 1970-1972 en las prisiones.
Me convencí de que el análisis no debía hacerse en términos de derecho,
sino en términos de tecnología, en términos de táctica y de estrategia.
Es esta sustitución del esquema jurídico negativo por otro técnico
y estratégico lo que he intentado elaborar en Vigilar y castigar,
para utilizarlo luego en la Historia de la sexualidad.

L.
Finas: Quienes han leído su Historia de la locura en la época
clásica
, conservan la imagen de la gran locura barroca encerrada
y reducida al silencio. En toda Europa, hacia mediados del siglo
XVII, se construyen rápidamente los manicomios. ¿Diría usted que
la historia moderna, imponiendo el silencio a la locura desató la
lengua del sexo? ¿O más bien que la misma obsesión o preocupación
por la locura y por el sexo desembocaron en resultados opuestos
a través del doble plano de los discursos y de los hechos? En ese
caso, ¿por qué?

M.
Foucault: Creo, en efecto, que entre la locura y la sexualidad existen
una serie de relaciones históricas que son realmente importantes,
y que yo no había percibido cuando estaba escribiendo la Historia
de la locura
. En aquel momento tenía la idea de hacer dos historias
paralelas: por un lado, la historia de la locura y de las clasificaciones
que a partir de ella tuvieron lugar; por otro, la historia de las
limitaciones que se operaron en el campo de la sexualidad (la permitida
y la prohibida, la normal y la anormal, la femenina y la masculina,
la de los adultos y la de los niños) Pensaba en toda una serie de
divisiones binarias que habían impreso su sello particular a la
división más global entre razón y sinrazón, que yo había intentado
discernir al estudiar la locura. Sin embargo, creo que es insuficiente:
si la locura, al menos durante un siglo, fue esencialmente objeto
de operaciones negativas, la sexualidad por su parte estaba desde
esta época atravesada por intereses distintos y positivos.

Pero
a partir del siglo XIX tuvo lugar un fenómeno absolutamente fundamental.
Se trata del engranaje, de la imbricación de dos grandes tecnologías
del poder: la que tejía la sexualidad y la que marginaba la locura.
La tecnología concerniente a la locura pasó de la negatividad a
la positividad, y de binaria se convirtió en compleja y multiforme.
Nace entonces una gran tecnología de la psique que constituye uno
de los rasgos fundamentales de nuestros siglos XIX y XX; una tecnología
que hace del sexo, al mismo tiempo, la verdad oculta de la conciencia
razonable y el sentido descifrable de la locura (su sentido común)
y que por tanto permite aprisionar a la una y a la otra según las
mismas modalidades.

L.
Finas: Su refutación de la hipótesis represiva no consiste, entonces,
en un simple desplazamiento de acento, ni en una constatación de
la negación o de la ignorancia por parte del poder. En el caso de
la Inquisición, por ejemplo, en lugar de poner en evidencia la represión
que se impone al hereje, se podría poner el acento en la "voluntad
de saber".

M.
Foucault: En efecto, he querido desplazar los acentos y hacer aparecer
mecanismos positivos allí donde generalmente se privilegian los
mecanis-mos negativos.

Por
ejemplo, en lo que concierne a la penitencia, se subraya siempre
que el cristiano sanciona la sexualidad, autorizando sólo algunas
formas de ella y castigando todas las demás. Pero es necesario señalar
también, en mi opinión, que en el corazón de la penitencia cristiana
existe la confesión, y en consecuencia la declaración de las faltas,
el examen de conciencia, y mediante esto toda una producción de
saber y de discursos sobre el sexo que tuvieron una serie de efectos
teóricos (el amplio análisis que se hizo de la concupiscencia en
el siglo XVII) y efectos prácticos (una pedagogía de la sexualidad
que posteriormente sería laicalizada y medicalizada)

También
he hablado de la forma en que diferentes instancias del poder se
habían de algún modo instaurado en el placer mismo de su ejercicio.
Existe en la vigilancia, más exactamente en la mirada de los que
vigilan, algo que no es ajeno al placer de vigilar y al placer de
vigilar el placer. Igualmente, he insistido en los mecanismos de
rebote. Por ejemplo, las explosiones de histeria que se manifestaron
en los hospitales psiquiátricos de la segunda mitad del siglo XIX
han sido un mecanismo de rebote, una respuesta al ejercicio mismo
del poder psiquiátrico: los psiquiatras recibieron el cuerpo histérico
de sus enfermos en pleno rostro, sin quererlo e incluso sin saber
cómo es que ocurría esto.

Sin
embargo,
estos
elementos no constituyen la parte esencial de mi libro. Me parece
que hay que comprenderlos a partir de la instauración de un poder
que se ejerce sobre el cuerpo mismo. Lo que intento mostrar es cómo
las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor
mismo de los cuerpos, sin tener incluso que ser sustituidos por
la representación de los sujetos. Si el poder hace blanco en el
cuerpo no es porque haya sido con anterioridad interiorizado en
la conciencia de las gentes. Existe una red de bio-poder, de somato-poder
que es, al mismo tiempo, una red a partir de la cual nace la sexualidad
como fenómeno histórico y cultural, en el interior de la cual nos
reconocemos y nos perdemos a la vez.


L. Finas: En La voluntad de saber usted distingue entre el
poder como un conjunto de instituciones y aparatos, y el poder como
multiplicidad de relaciones de fuerza inmanentes al dominio en el
que se inscriben. Ese poder lo representa produciéndose continuamente,
en todas partes, en toda relación de un extremo a otro. ¿Es ese
poder, si se entiende bien, el que no sería exterior al sexo, sino
todo lo contrario?

M.
Foucault: Para mi, lo esencial del trabajo que he emprendido es
la reelaboración de la teoría del poder; no creo que el mero placer
de escribir sobre la sexualidad fuese motivo suficiente para comenzar
esta serie de seis volúmenes, si no me sintiera motivado por la
necesidad de replantear esta cuestión del poder. Con demasiada frecuencia,
según el modelo impuesto por el pensamiento jurídico filosófico
de los siglos XVI y XVII, el problema del poder se ha reducido al
concepto de soberanía. En contra de este privilegio del poder soberano,
he intentado hacer un análisis que iría en otra dirección.

Entre
cada punto del cuerpo social, entre el hombre y la mujer, en la
familia, entre el maestro y su alumno, entre el que sabe y el que
no sabe, transcurren relaciones de poder que no son la pura y simple
proyección del poder soberano sobre los individuos. La familia,
incluso la actual, no es una simple prolongación del poder estatal
en relación a los niños; tampoco el macho es el representante del
Estado en relación a la mujer. Para que el Estado funcione como
funciona se hace necesario que entre el hombre y la mujer, entre
el adulto y el niño, haya unas relaciones de dominación muy específicas,
que tienen su propia configuración y una relativa autonomía.

En
mi opinión,
hay que desconfiar de un modo de representar el poder que durante
mucho tiempo ha dificultado su análisis; me refiero a la idea de
que las voluntades individuales son el reflejo de una voluntad más
general.
Se dice constantemente
que el padre, el marido, el jefe, el adulto o el profesor representan
el poder del Estado, y que el Estado, a su vez, representa los intereses
de una clase social. Pero esto no explica la complejidad de los
mecanismos que entran en juego.

Fuente:
Les rapports de pouvoir passent á lìnterieur des corps. La Quinzaine Littéraire,
nº 247 (1977)

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