Conversaciones con Rodolfo Llinás: EL CEREBRO Y EL MITO DEL YO

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Conversaciones con Rodolfo Llinás: EL CEREBRO Y EL MITO DEL YO

Mensaje  jordytellez el Dom Abr 13, 2008 6:48 pm

«El cerebro es una entidad muy diferente
de las del resto del universo.
Es una forma diferente de expresar todo.
La actividad cerebral es una metáfora para todo lo demás.
Somos básicamente máquinas de soñar
que construyen modelos virtuales del mundo real».


¿Por qué dice que el color, el dolor o el sonido no existen afuera
sino adentro?
Lo que hay afuera no es necesaria y únicamente lo que
los seres humanos vemos. En realidad, afuera hay todo un caos lleno
de cosas que nuestro cerebro no percibe porque no tiene necesidad de
hacerlo para sobrevivir: ondas sonoras, electromagnéticas, átomos,
partículas de aire, etc. Cada cerebro animal, incluido el humano,
aprendió evolutivamente a discriminar de ese caos externo sólo
aquello que requiere para sobrevivir. Por eso, los perros «ven»
con el olfato, los murciélagos ciegos con el oído, los
pajaritos ven muchos más colores que nosotros y no tenemos seguridad
de que sean los mismos nuestros, etcétera.
Ejemplo: si un perro y una persona quieren buscar a alguien en un aeropuerto,
le damos a la persona una foto del extraviado y al perro una media.
Pero si lo hacemos al revés, la foto para el perro y la media
para la persona, ¡seguramente nunca encontraremos al perdido!
(risas).
Así, se establece un diálogo entre nuestro mundo interno
y el mundo externo, por medio de los sentidos, que nos permite elaborar
representaciones virtuales de los fragmentos del mundo real que necesitamos
para sobrevivir. Pero no tenemos la visión íntegra de
todo lo que hay allá afuera. Lo que pasa es que a través
de unos quinientos o setecientos años de evolución, los
humanos nos hemos puesto de acuerdo en una especie de «alucinación
colectiva estándar» y vemos más o menos lo mismo.
Eso es lo que nos permite ser una sociedad con referentes universales.

¿Por qué dice que el «yo» es un mito?
Los seres humanos no tenemos cerebro. Somos nuestro cerebro. Cuando
le cortan la cabeza a alguien, no lo decapitan sino que lo decorporan.
Porque es en este prodigioso órgano donde somos, donde se genera
nuestra autoconciencia, el «yo» de cada uno. Por tanto,
lo que llamamos «yo» no es separable del cerebro. Si dijéramos
«el cerebro me engaña», la implicación sería
que mi cerebro y yo somos dos cosas diferentes. Mi tesis central es
que el «yo» es un estado funcional del cerebro y nada más,
ni nada menos.
El «yo» no es diferente del cerebro. Ni tampoco la mente.
Son unos de tantos productos de la actividad cerebral, a partir de la
cual hemos llegado a la Luna y tenemos posibilidades ilimitadas de hacer
realidad nuestros sueños.

¿Cómo puede ser el «yo» un estado funcional del cerebro?

El núcleo de mi tesis radica en el concepto de oscilación
neuronal, como la de las cuerdas de una guitarra o de un piano cuando
las pulsamos. Las neuronas tienen una actividad oscilatoria y eléctrica
intrínseca, es decir, connatural a ellas, y generan una especie
de danzas o frecuencias oscilatorias que llamaremos «estado funcional».
Por ejemplo, los pensamientos, las emociones, la conciencia de sí
mismos o el «yo» son estados funcionales del cerebro. Como
cigarras que suenan al unísono, varios grupos de neuronas, incluso
distantes unas de otras, oscilan o danzan simultáneamente, creando
una especie de resonancia. La simultaneidad de la actividad neuronal
(es decir, la sincronía entre esta danza de grupos de neuronas)
es la raíz neurobiológica de la cognición, o sea,
de nuestra capacidad de conocer.
Lo que llamamos «yo» o autoconciencia es una de tantas danzas
neuronales o estados funcionales del cerebro. Hay otros estados funcionales
que no generan conciencia: estar anestesiado, drogado, borracho, «enlagunado»,
en crisis epiléptica o dormido sin soñar. Cuando se sueña
o se fantasea, ya hay un estado cognoscitivo, aunque no lo es en relación
con la realidad externa, dado que no está modulado por los sentidos.

Pero en los otros casos o estados cerebrales, la conciencia desaparece
y todas las memorias y sentimientos se funden en la nada, en el olvido
total, en la disolución del «yo». Y, sin embargo,
utilizan el mismo espacio de la masa cerebral y ésta sigue funcionando
con los mismos requisitos de oxígeno y nutrientes.
Aunque el estado funcional que denominamos «mente» es modulado
por los sentidos, también es generado, de manera especial, por
esas oscilaciones neuronales. Por tal razón podríamos
decir que la realidad no sólo está «allá
afuera», sino que vivimos en una especie de realidad virtual.
Es decir, que no es tan distinto estar despierto que estar dormido...
El cerebro utiliza los sentidos para apropiarse de la riqueza del mundo,
pero no se limita a ellos. Es básicamente un sistema cerrado,
en continua actividad, como el corazón. Tiene la ventaja de no
depender tanto de los cinco sentidos como creíamos. Por eso,
cuando soñamos dormidos o fantaseamos, podemos ver, oír
o sentir, sin usar los sentidos, y por eso el estado de vigilia, ese
sí guiado por los sentidos, es otra forma de «soñar
despiertos».
El cerebro es una entidad muy diferente de las del resto del universo.
Es una forma distinta de expresar «todo». La actividad cerebral
es una metáfora para todo lo demás. Tranquilizante o no,
el hecho es que somos básicamente máquinas de soñar
que construyen modelos virtuales del mundo real.

¿Cómo mantener activa nuestra «máquina de soñar»?
Estamos hablando de que todos estos prodigios de la mente se generan
en tan sólo un kilo y medio de masa cerebral, con un tenue poder
de consumo de catorce vatios. De manera que para mantenerla en forma
se requieren buena nutrición, buena oxigenación y protegerse
de golpes.
Sin embargo, lo más importante es usar el cerebro, cosa que muchas
personas no parecen tener tan claro. El problema es que la inteligencia
es limitada pero la estupidez es infinita. Por eso es tan urgente promover
una buena educación, que enseñe a pensar claramente a
través de conceptos y no de mera memorización de datos.
Hay que entender la diferencia entre saber (conocer las partes) y entender
(ponerlas en contexto). Por ejemplo, una lora sabe hablar pero no entiende
nada.


Última edición por jordytellez el Dom Abr 13, 2008 6:50 pm, editado 1 vez

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Mensaje  jordytellez el Dom Abr 13, 2008 6:49 pm

¿Por eso en su investigación se busca la síntesis y no
la especialización, propia de la ciencia positiva estadounidense?

El análisis del detalle es más fácil que
la síntesis, pero no es suficiente. Como en la película
La tienda de empeño, donde Chaplin atiende a un cliente
que le pide arreglar un reloj. Saca abrelatas, alicates, empieza
a sacar las partes hasta desbaratarlo por completo. Luego pone
todos los pedazos en el sombrero y se los entrega al desolado
cliente. ¡El señor desbarató el reloj y no
lo pudo volver a construir! Así es la ciencia analítica
o especializada: sin la síntesis, sólo tiene grandes
cantidades de pedazos de cosas.

No obstante, es incorrecto decir que mi trabajo es síntesis de
fisiología con biología, con zoología, entre otras
ciencias. Mi interés es explicar cómo son las cosas. El
problema es que esos cajones del saber («esto es física,
esto es química, etc.») son artificiales, por lo cual yo
no los respeto. El mundo es uno. Y la gente le da nombres porque es
estúpida y se fracciona en función de palabras, en vez
de tomar las cosas por lo que son.
Lo que estoy tratando de hacer es muy peligroso, porque yo me puedo
mover de lo molecular a lo cósmico, sin problemas. Y eso resulta
sospechoso para los científicos tradicionales, que sólo
respetan el conocimiento muy especializado. En términos generales,
los científicos se catalogan entre «topos» y «zorros».
Los topos taladran, buscan la profundidad y cada vez saben más
y más de una sola cosa. Los zorros lo ven todo, pero por lo mismo
saben poco de mucho.
Alguien dijo sobre mi trabajo: «Ese señor Llinás
es ambas cosas: un topo y un zorro. O mejor, un ¡“zorrotopo”!»
(risas). Mi propuesta es que la ciencia sea análisis y síntesis,
que la neurociencia se aventure a cuatro órdenes de magnitud
y no sólo se quede en lo microscópico, y que así
podamos no sólo saber sobre el cerebro, sino entenderlo, porque
mientras más comprendamos la portentosa naturaleza de la mente,
el respeto y la admiración por nuestros congéneres se
verán notablemente enriquecidos.

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