ALGUNAS PINCELADAS SOBRE LA HISTORIA DE LA ASISTENCIA COMUNITARIA EN T.M.S. Del endemoniado al usuario.

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ALGUNAS PINCELADAS SOBRE LA HISTORIA DE LA ASISTENCIA COMUNITARIA EN T.M.S. Del endemoniado al usuario.

Mensaje  jordytellez el Dom Mar 30, 2008 1:18 am

Pareciera
que es característico del ser humano avanzar ajeno a su pasado. Tal vez
situarnos en la historia de nuestra cultura nos vacunará contra la
tendencia persistente a considerar repeticiones y retrocesos
conceptuales como novísimos avances y nunca vistas perspectivas.
¿Evitaremos así deslumbrarnos con ideas de segunda mano ya probadas y
desechadas en el pasado? Con este ánimo comienzo unas brevísimas
pinceladas sobre la historia de la asistencia al ahora llamado T.M.S.

Una
de las primeras revoluciones en este campo que nos ocupa la encarna
Hipócrates de Cos (460-377 a. C.) y la escuela que funda. Siguiendo la
tradición filosófica griega, aborda el estudio de las enfermedades
considerándolas dentro de la esfera de las ciencias naturales,
alejándose del pensamiento mítico-religioso. Hasta entonces la
enfermedad mental había tenido diversas consideraciones, casi todas
teñidas de un carácter sobrenatural. Por ejemplo, la trasgresión de un
tabú podía dar lugar a un castigo ejemplar por parte de dioses o
demonios.
Esta consideración natural de la enfermedad mental
persistiría entre los médicos romanos, siendo su cúspide la obra de
Galeno, que en su Tratado de las pasiones expone causas de la locura
como: lesiones, exceso de alcohol, miedos, desengaños, angustias… Este
médico romano realizó el último gran esfuerzo de la época por una
comprensión racional de la locura. Con la difusión del cristianismo y
la posterior desaparición del imperio romano de occidente se abre en
Europa un nuevo ciclo en que se retorna a demonizar la enfermedad
mental. Por tanto el tratamiento se abordará desde un punto de vista
sobrenatural. Nada como los potros de tortura, el látigo o la hoguera
para mandar a los demonios de vuelta al averno.
El siglo XVII es
nombrado por Foucault como el del gran encierro, debido a la
preocupación de los estados por los sujetos conflictivos a nivel
social, creándose instituciones donde el loco y el delincuente serán
recluidos, sacados de la circulación social. Así se equiparan locos,
pobres y delincuentes.
A lo largo del siglo XVIII asistimos a una
gran revolución en la asistencia a los pacientes mentales gracias al
nacimiento de la psiquiatría como especialidad médica y al inicio de
las bases científicas del tratamiento de la locura. Destacamos la
figura de Philipe Pinel (1745-1826), que en plena revolución francesa
es nombrado por la Comuna de París director del hospital de la Bicètre.
Así, tal y como proclama la famosa revolución, los integrantes de los
asilos, tendrán unos derechos, pero también unos deberes que cumplir
para con la sociedad. La salud, a principios del siglo XIX, es un
asunto público, que incide en la riqueza nacional.

A finales del
siglo XIX, se abandonan las terapias con vistas a la “moralización” del
loco, para iniciar una etapa de desánimo y nihilismo terapéutico, en
gran medida influenciado por la “teoría de la degeneración” de Morel.
Una de las causas de esto, es la llegada del positivismo científico a
la psiquiatría, en su afán de dejar de ser la “hermana pobre” de las
ciencias médicas. Como reacción a este ambiente desalentador surgirán
movimientos enmarcados dentro de la llamada Higiene social, comenzando
a contemplarse factores socioeconómicos en estos pacientes y la
influencia de estos en su calidad de vida.

De esta forma,
durante el principio y hasta la mitad del S XX, los enfermos mentales
continuarán institucionalizados en grandes psiquiátricos, donde los
médicos especialistas tratan de encontrar una base biológica a sus
males. Es precisamente entre la década de los sesenta y setenta, cuando
aparece un movimiento que augura una nueva concepción de la enfermedad
mental: la antipsiquiatría, término que acuña Cooper en Inglaterra.

Se
hace necesario situarnos en el clima político-social en el que surge
este movimiento, relacionándolo con todo un conjunto de sucesos y
corrientes liberales (los hippies de los EEUU, el Mayo del 68 en
Francia, y una gran cantidad de organizaciones contra-sistema en
América Latina, entre otros). Es innegable que ha pesar de sus muchos
defectos y excesos, estas experiencias constituyeron una punta de lanza
en la crítica a la institucionalización y cronificación de estos
pacientes. Comenzaron a sucederse los cierres de los viejos edificios
que representaban los psiquiátricos, las denuncias ante prácticas
terapéuticas consideradas vejatorias. Y se dio pie a plantear una nueva
manera de concebir la enfermedad mental.

Las miradas se
trasladan entonces hacia el término “comunidad”, entendiendo que la
separación del paciente de su entorno social y familiar, es perjudicial
para su evolución, y que la propia hospitalización contribuye en muchos
casos a agravar la situación. Las nuevas instituciones son Dispensarios
de higiene mental, Hospitales de día, hogares de post-cura, Talleres
protegidos... Nace así, la Psiquiatría Comunitaria.

Son
evidentes las grandes ventajas de dicha concepción de la disciplina
médica, como una asistencia a los factores que pueden influir en la
génesis de la enfermedad mental, el seguimiento en su propio entorno,
la rehabilitación y resocialización de los pacientes... pero también la
desaparición de numerosas camas de hospitalización y el cierre de las
instituciones dejó al descubierto un sector de pacientes crónicos, que,
al existir una red de servicios sociales insuficiente para ocuparse de
sus casos, quedan desprovistos de toda ayuda.

En este contexto,
la palabra cronicidad adquiere unas claras connotaciones negativas y
estigmatizantes, razón por la que la literatura especializada viene
utilizando más recientemente el término TRASTORNO MENTAL SEVERO (TMS)
para referirse a los trastornos mentales graves de duración prolongada
y que conllevan un grado variable de discapacidad y disfunción social.
Hasta el momento actual, sin embargo, no se han establecido criterios
consistentes y homogéneos que definan el TMS y que puedan ser
utilizados para determinar su morbilidad y su prevalencia y con ellos
cuantificar y planificar unos servicios adecuados.
Quizás la
definición más representativa y que ha alcanzado un mayor consenso sea
la que emitió el Instituto Nacional de Salud Mental de EEUU en 1987
(NIMH, 1987), y que incluye tres dimensiones:
1. Diagnóstico: Incluye a los trastornos psicóticos (excluyendo los orgánicos) y algunos trastornos de la personalidad.
2. Duración de la enfermedad y del tratamiento: Tiempo superior a los dos años.
3.
Presencia de Discapacidad: Medido a través del GAF (Global Assesment of
Functioning APA, 1987), que indica una afectación de moderada a severa
del funcionamiento laboral, social y familiar.
Sin embargo, y a
pesar de de utilizar estos criterios, pueden obtenerse grandes
diferencias en función del grado de restricción con que se apliquen o a
la metodología utilizada para su identificación.

Como hemos
visto a lo largo de este brevísimo repaso, los términos por lo que se
designan a las personas, que las encuadran y categorizan, influyen en
la consideración que se les tiene, y por tanto en el trato que reciben
y la calidad de la relación que se establece con ellos. De esta forma,
y atendiendo a dinámicas globales, el paciente objeto de atención por
el sistema de salud público y universal en que nos movemos, está
pasando actualmente a concebirse como usuario/cliente. Este nuevo paso
conceptual debe considerarse en su importancia y ser objeto de
reflexión por todos los interesados, pues influirá sutilmente en la
naturaleza del encuentro diario entre las personas implicadas en estos
asuntos, marcados no sólo por el gasto de recursos económicos, sino por
el sufrimiento y la tragedia humana.

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