¿ES UN PSICOTERAPEUTA UN SER HUMANO?

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¿ES UN PSICOTERAPEUTA UN SER HUMANO?

Mensaje  jordytellez el Mar Mar 25, 2008 12:47 am

¿ES UN PSICOTERAPEUTA UN SER HUMANO?

No sé si encontrarán esta pregunta lícita, u oportuna o racional. Tal vez piensen que sólo bromeo pero
creo que si me siguen un poco, a pesar del tono algo ligero y juguetón de mi
artículo, verán alguna justificación a esta pregunta. Les hablaré de lo que
piden de un profesional de la psicoterapia distintas escuelas, prácticas y
orientaciones; y sobretodo de lo que cabe, en mi opinión, que se pida un
psicoterapeuta a sí mismo.

Creo que comenzaré por el psicoanálisis. El mismo Freud pone como uno de los pilares de
su práctica la actitud de “espejo neutral” del analista, supuesta posición
objetiva que devuelva mediante interpretaciones las proyecciones neuróticas del
paciente. La “transferencia” establecida en el dispositivo analítico estaría
posicionando al analista en el lugar de figuras importantes del pasado del
paciente, casi siempre alguno de sus progenitores, por tanto debería cuidarse
la “objetividad” por encima de este fenómeno neurótico. Esta postura está muy
relacionada con el optimismo racional y científico de la ciencia de finales del
XIX, que avanzaba a pasos agigantados gracias al método científico y el triunfo
de la razón como solución a todos los males. Freud mismo pretende muchas veces
tratar al “aparato psíquico” como un cirujano que extirpa un tumor, mediante
interpretaciones certeras y a tiempo. Dentro de la amplia diversidad de
facciones de psicoanalistas, para una mayoría en la evolución del pensamiento
psicoanalítico esta postura quedó muy atrás, tanto en la concepción del propio
Freud, como en la de muchos de sus seguidores más brillantes, desde Winnicott
(abundando en la teoría objetal, que abre un punto de vista mucho más
relacional del psicoanálisis), hasta Lacan (que estudia al Otro social
introduciendo el estructuralismo y la lingüística en la teoría freudiana). Se
introducen términos como “contratransferencia” o “deseo del analista”, para designar
aquello que el analista aporta a la situación psicoterapéutica. Así se
intensifica la importancia del “análisis del analista” en la formación del
psicoanalista, lo que se estableció desde un principio como condición
imprescindible para analizar, a pesar de que el mismo fundador de todo, Freud
se tuvo que fiar de su propio autoanálisis sin supervisión. Mediante su propio
análisis, se supone que el analista llega a librarse de gran parte de su carga
neurótica (ya que el final del análisis es tema controvertido y de eterna
disputa, pensaremos en términos de grado o gravedad de neurosis) para que así
sus proyecciones no impidan atender a la realidad de lo que el paciente le
presenta, evitando así que ambos anden dando palos de ciego inmersos en sus
propios fantasmas transferenciales.

Bueno, abandonamos por un momento los nubosos caminos del inconsciente (ya sea
personal o colectivo) para adentrarnos en las brillantes y definidas avenidas
de la razón pura. Mediante la “reestructuración cognitiva” educaremos al
paciente en lo que concierne a sus “ideas irracionales” reemplazándolas
mediante nuestra argumentación (con ejemplos y esquemas) por creencias e ideas
racionales que el terapeuta aprendió de sus profesores en psicoterapia o de los
numerosos manuales existentes (podemos incluso encontrar lista de estas
“creencias irracionales”). En esta orientación se da un gran valor a la razón
humana, que, por tanto, debería ser una de las virtudes que destacaran en el
psicoterapeuta de corte cognitivo. Esta capacidad se suele dar por supuesta y,
la verdad, no tengo claro como se podría desarrollar más en una persona hasta
el nivel de poder opinar con autoridad que los razonamientos de otro son defectuosos.
Supongo que dicha autoridad procede de tratar con personas que sufren y piden
ayuda a otros designados socialmente como “expertos en salud mental”, que están
por supuesto libres de padecimientos psíquicos gracias a seguir los designios
preclaros de la razón alumbrando “creencias racionales”. No me digan que estos
super-hombres y mujeres no merecen un lugar destacado entonces en cualquier sociedad
y justifican la pregunta inicial de mi artículo, ¿son sólo humanos?

Sin dejar del todo el cognitivismo, la rama conductista (casi nunca pura sino mezclada
con técnicas cognitivas) se centra en una planificación educativa más
contundente, podríamos decir. Aquí vemos todavía más claro el objetivo a
alcanzar por la terapia y nos aplicamos a ello con esmero y diligencia. El
objetivo supremo es la adaptación al medio. Este darwiniano objetivo se aplica
tanto para el medio natural como para el social de forma que se traduce el
sufrimiento en términos de grado de desadaptación al medio. Por supuesto este
método es nefasto cuando cae en manos de gobiernos o instituciones de corte
fascista, represor o dictatorial. Gracias a los cielos en occidente actualmente
disfrutamos de gobiernos democráticos, libres y pluri-culturales en los que
cualquier caso de falta de adaptación identifica claramente un caso de
enfermedad mental de diferentes grados que pueden corregirse mediante infinitas
variaciones del método premio-castigo. Por supuesto los campeones de este poder
normativo deben ser las personas más respetuosas de la sociedad libre y
democrática, entre los que inequívocamente se encuentran los psicoterapeutas.

A la terapia sistémica debemos agradecerle la introducción de las teorías
cibernéticas en el estudio de las relaciones humanas. Mediante desarrollos a
partir del psicoanálisis, sobretodo de la escuela de Sullivan, se internan en
los sistemas familiares enfermantes interviniendo como factores nuevos que aportan
salud, desactivan círculos viciosos de años de duración eludiendo
triangulaciones y dobles vínculos. Para lograr estas hazañas suelen contar con
un numero definido de consultas y todo un equipo que apoya desde la posición de
espectador (tras un cristal normalmente) evitando los peligros de la
circularidad mal manejada. Este conocimiento profundo sobre los vericuetos de
las relaciones y la comunicación humana evita que se vean atrapados en
situaciones que han apresado a familias enteras durante generaciones. Estas
disciplinas son para estos psicoterapeutas un conocimiento técnico que puede
enseñarse como una asignatura y luego entrenarse hasta hacerse uno experto en
el manejo de situaciones conflictivas y paradójicas. Sin duda estos
conocimientos son utilísimos tanto fuera como dentro de las consultas, haciendo
de estos psicoterapeutas criaturas con especial facilidad para el trabajo en
grupo y con familias particularmente sanas y felices.


Ya en general, dentro de la relación terapéutica suele recomendarse como mínimo
establecer un cierto grado de empatía. Esto es, contar con cierta capacidad de
ponernos en el lugar del otro y estar dispuesto a hacerlo. Dado el volumen
normal de asistencia a una consulta de psicoterapeuta, por ejemplo, pongamos a
unas diez personas al día siendo optimistas hablando de una institución
pública, pedimos un verdadero despliegue de empatía a nuestro profesional,
teniendo en cuenta el condicionante de que esta asistencia será universal y la
patología de lo más variado. Así pedimos un verdadero derroche de plasticidad
empática y capacidad de comprensión ante cualquier persona que reclame ayuda
psicoterapéutica sean cuales sean sus aspiraciones o exigencias con respecto a
la terapia, al terapeuta, a su marido o mujer, a sus hijos o al mundo en
general. Esta capacidad empática, generosidad y capacidad de servicio al otro técnicamente
recomendada en todos los manuales suele sostenerse algunas consultas e ir poco
a poco diluyéndose si no tiene como base algún tipo de sentimiento sincero (¿se
puede de verdad exigir esto a un ser humano?). A evitar estas relaciones
insinceras pero técnicamente perfectas ayudaría, en mi opinión, ir
atreviéndonos a descabalgarnos poco a poco de la posición de “experto en lo que
necesitas” a pesar de que el paciente muchas veces nos aúpe y quede encantado
de que alguien al fin sepa lo que necesita y decida por él. Entiéndanme que
creo que esta posición a veces tiene su utilidad en el proceso terapéutico,
pero si nos quedamos en eso es posible que la relación vaya poco a poco viciándose
hasta el punto de ser poco útil, paralizante e incluso insufrible para uno o
para ambos a menos que medie una gran cantidad de dinero, claro. El único
antídoto que se me ocurre para evitar esto es ir introduciendo sinceridad hasta
donde se pueda y tolere, según el propio arte y lo que se va aprendiendo en la
experiencia vital y profesional, tornando la relación cada vez más real
partiendo de la base de que alguien pide ayuda y otro recibe cierta
compensación (normalmente económica) por intentar ayudarlo. Tener esto bien
claro me parece un punto clave en la formación de cualquier psicoterapeuta en
el que no se suele incidir primando e incidiendo la formación mucho más en
otras facetas más “edulcoradas” o listando buenas intenciones y dando por
supuesto que contaremos con los recursos emocionales para afrontar la angustia,
la pena o el cuestionamiento por parte de otro.

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