"El infierno son los demás"; vericuetos psicoterapéuticos

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

"El infierno son los demás"; vericuetos psicoterapéuticos

Mensaje  jordytellez el Dom Mar 30, 2008 1:09 am

¿Qué es lo que hace que cambiemos nuestra vida? ¿Cómo
podemos pulsar esa cuerda oculta que hace que emerja, como una
sorpresa, lo que siempre, de alguna manera, tuvimos ante nuestros ojos?
¿Cómo actuar frente a los condicionantes de nuestra cultura y nuestra
biología?
En
la práctica en consulta psiquiátrica tenemos la oportunidad, día tras
día y a poco que dejemos que hablen, de asistir al espectáculo de la
vida secreta de las personas. Muchas veces se nos antojan equivocadas
en sus juicios, débiles en sus miserias y perdidas en sus vidas. Es
realmente difícil no ceder a la tentación de aconsejar lo “más
correcto” en cada situación. Lo más correcto para mi gusto, claro,
gusto refrendado por el éxito social y vital. ¿O, no tanto?
¿Qué
hacer si decido respetar al otro en la consulta, respetar sus miedos y
sus cegueras? ¿Significa eso aceptar el destino y renunciar a todo
cambio? Para mi punto de vista esto no es así. La opción ética de
respetar al otro aunque este clame por alguien que se haga cargo de su
vida, obliga a intentar ayudar sin pretender tomar la responsabilidad
ajena. Precaución al fin vana, por otro lado, pues todos disfrutamos y
padecemos las consecuencias de nuestras opciones aunque queramos dejar
las decisiones a otros más “expertos”. Contando con esta intuición,
podemos decidir hacernos cargo de esta posición frente al paciente,
convencidos de que sólo las propias opciones tienen el poder de
liberarnos.
La
tentación de hallar el código correcto, los mandamientos o las leyes
que rijan nuestras vidas y nos libren del deber de decidir ha
acompañado al hombre desde que lo es. Ante el horror del azar, del caos
del mundo, se yergue una criatura necesitada de sentido. Esto lo
comprobamos una y otra vez, cuando ante el horror inesperado comenzamos
a negociar, negamos o razonamos para incluir el sin-sentido en nuestra
historia. Estos mecanismos aumentan en potencia cuando son
culturalmente compartidos y recogidos en ritos y mitologías, dando
cuerpo a nuestra sociedad y cultura que forma parte de nuestra
identidad de forma esencial. Esa identidad que nos conforma a la vez
que nos atrapa.
¿Nos
valdrá como guía en la vida esta identidad construida en el seno de
nuestra cultura comenzando por esa primera microsociedad que fue
nuestra familia? ¿Es eso lo que somos? Los críticos de la ilustración,
del sueño de la razón, nos avisan de la consistencia del misterio. Más
allá de la inmediatez de la conciencia intuimos, palpamos, todo un
territorio oscuro y siniestro del que nuestra conciencia se antoja un
sub-producto, un fenómeno entre otros, una ilusión. En nuestra cultura
uno de los que con más impacto trajeron esto a la palestra fueron Freud
y sus seguidores. Quienes torpemente intentaron iluminar las tinieblas
de lo irracional inyectando sentido a ese “más allá”. Freud intuyó lo
“Inconsciente” y se adentró en él buscando un saber que a la postre
versó sobre sí mismo. A veces al trasmitir sus descubrimientos no se
cuenta con el carácter individual de la búsqueda de sabiduría cuando
atañe al sujeto. Un saber fruto de un recorrido, de una elaboración y
una experiencia, un saber surgido de interrogarse en el contexto del
dispositivo analítico por él ideado, donde reina la regla de la “libre
asociación” y la “escucha del psicoanalista”. De aquí que Freud nos
legara un instrumento para llegar al conocimiento de nosotros mismos. ¿Por
qué este formato? ¿Por qué este dispositivo? En principio partimos de
la idea de “asociación”. Es una experiencia comprobar cómo las palabras
y las imágenes a ellas asociadas se suceden en nuestro discurso
siguiendo reglas ocultas y aparentemente caprichosas. En esto se haya
el punto de interés, en el pretendido “capricho” de la deriva. Pues
poniendo el acento, la escucha, en las grietas del discurso, va
surgiendo, creándose, poco a poco un saber sobre el sujeto. Este saber
es de carácter individual e intransitivo, útil para el sujeto en el
sentido de que le ayuda a asumir su historia confeccionada y padecida
por él aún si fue más o menos consciente de ello. Esta
“subjetivización” de la propia historia constituye un cambio de
posición con respecto al padecimiento de la tiranía del otro. Por otra
parte, necesitamos que en la escena psicoanalítica aparezca un otro,
como presencia donde explorar la radical externalidad de nuestro núcleo
de personalidad, aquello que siendo lo más propio tuvo un origen
externo, ilusorio y fantasmático. Esto, a lo que nos referimos cuando
decimos “yo soy…”, nos aprisiona, taponando nuestro desarrollo al
precio del miedo constante frente a la contingencia y arbitrariedad del
otro.

jordytellez
Admin

Cantidad de envíos : 73
Fecha de inscripción : 24/03/2008

Ver perfil de usuario http://centesimomono.foroespana.com

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

 
Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.