Artículo del El Pais: ¿Qué hemos hecho de la psicología?

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Artículo del El Pais: ¿Qué hemos hecho de la psicología?

Mensaje  jordytellez el Dom Mar 30, 2008 1:03 am

GUSTAVO MARTÍN GARZO EL PAÍS - Opinión - 16-09-2007 ¿Qué
hemos hecho de la psicología? Aquella delicada ciencia que exploraba el
alma humana y se preguntaba por el significado de nuestros sueños hoy
día apenas es otra cosa que un conjunto de obviedades y recetarios
apresurados. Atrás parecen haber quedado la insondable obra de Freud y
su pregunta acerca de por qué nos perturban nuestros deseos, las
divagaciones de C. G. Jung sobre el poder liberador de los símbolos,
las delicadas fantasías de Melanie Klein sobre el mundo de los niños, o
las reflexiones de Lacan sobre el poder creador del lenguaje. La
psicología ya no trata de responder a la pregunta eterna de quién
somos, sino de encontrar fórmulas que nos permitan lograr mejor
nuestros objetivos de acomodación a lo que hay. Pero ¿el mundo tiene
que ser necesariamente como es? Aun más ¿no radica en esa necesidad de
preguntarnos si podría ser de otra forma una parte esencial de nuestra
humanidad? Perceval visitó un extraño reino donde todo estaba muerto, y
contempló a su rey herido y el lúgubre cortejo de la copa de oro y, al
evitar preguntar por lo que pasaba, los condenó sin saberlo a que
continuaran eternamente igual. El tema de las preguntas que por no
plantearse conducen a la esterilidad y a la muerte del pensamiento es
un tema muy repetido en el folklore, y me temo que algo así está
empezando a pasar entre nosotros, y tal vez por eso, porque no
pensamos, dimanamos autosatisfacción. Pero ¿de verdad tenemos motivos
para estar tan contentos? Es cierto que el mundo que nos ofrecen las
oficinas de viaje y las promociones de la banca poco o nada tiene que
ver con el mudo oscuro de los cuentos de hadas, pero a cambio, como
diría Chesterton, es mucho menos interesante. Un mundo sin sentimientos
ni memoria, un mundo sin desatinos ni sueños puede que fuera menos
perturbador que el nuestro, pero ¿de verdad merecería la pena vivir en
él? Pero la pregunta acerca de quiénes somos sólo puede
formularse a través de la contemplación del mundo en que nos ha tocado
vivir. La realidad es nuestra máxima construcción colectiva: el terreno
de lo común, de las percepciones y normas compartidas, el gran
escenario de un juego en el que todos participamos, y cuyas reglas
revelan lo que estamos dispuestos a hacer con la vida. Numerosas voces
claman por el trato que damos a la naturaleza, o llaman la atención
sobre ese espectáculo grotesco en que hemos transformado la política.
Ambas, naturaleza y política, han estado en el corazón de las
aspiraciones humanas a lo largo de la historia, pues el mundo es, ante
todo, "un lugar para vivir". Pero el hombre posee una asombrosa
capacidad para observar el complejo discurrir de sus pensamientos,
sentimientos, intuiciones, fantasías, recuerdos y deseos. Todos ellos
constituyen un prodigioso mundo interior, sobre el que no hemos dejado
de interrogarnos desde los albores de la humanidad, gracias al fabuloso
misterio de la conciencia. Y desde hace más o menos dos siglos ha sido
la psicología la ciencia encargada de llevar a cabo esa apasionante
tarea. Y puede que en ningún otro momento de la historia esta
joven disciplina haya estado tan presente en nuestras vidas. Las
Facultades rebosan de estudiantes, equipos de profesionales intervienen
en las tragedias colectivas, seleccionan personal en las empresas o
participan en "reality shows" televisivos, y muchos psicólogos y
psiquiatras expresan sus opiniones y consejos en los medios de
comunicación o escriben libros con indicaciones terapéuticas o de
auto-ayuda. A pesar de que el acceso a la psicología en la Sanidad
Pública sigue siendo precario, proliferan los artículos y revistas que
divulgan un supuesto saber científico en torno a las profundidades de
la mente humana. Uno de ellos, titulado "Autoestima española", de un
prestigioso psiquiatra, ha llamado poderosamente mi atención por la
manera en que ejemplifica el trato que suele darse a estas cuestiones
en los medios de comunicación. Las consideraciones que se
vierten en ese artículo en torno a la autoestima nada aportan de
original y adolecen de la misma formulación autosuficiente que suele
imperar en los actuales escritos sobre psicología: son la expresión de
la obviedad elevada al rango de ciencia. Las hipótesis (en este caso,
que los españoles gozamos de una excelente autoestima) no necesitan ser
demostradas a través de la reflexión o la argumentación, sino de
numerosas encuestas en las que se ha preguntado directamente a miles de
personas sobre su nivel de satisfacción consigo mismas. A partir de
aquí, cualquier cuestionamiento sobra: también cualquier explicación.
La estadística por sí sola ha comprobado lo que, a los ojos de
cualquier simple mortal, sería imposible de medir: el nivel de
satisfacción subjetiva de un pueblo. El propio autor reconoce la
dificultad y afirma que la autoestima "no podemos medirla como el pulso
o la temperatura del cuerpo. El único método para estudiarla es
preguntar". Todo se juega, pues, en las preguntas. La calidad de las
respuestas depende de ellas: por eso los grandes filósofos se han
distinguido siempre por la manera singular en que interrogan a la
realidad. La psicología hegemónica actual, en su empeño por
alcanzar el estatus de una ciencia empírica (cuando su objeto de
estudio, la subjetividad humana, no puede ser más inasible a través de
mediciones estadísticas), ha hecho un tristísimo uso de las preguntas:
planteando sólo las más previsibles, limitando al máximo las
respuestas, eliminando por completo todo género de matices y detalles.
Los resultados obtenidos son tan pobres como la herramienta utilizada,
pero se vuelven incuestionables tras haber pasado por el filtro de las
matemáticas y la estadística. Nuestro psiquiatra acaba su artículo
sugiriendo que quizá los españoles tengan una percepción equivocada de
sí mismos. Aún no nos hemos dado cuenta de la magnífica verdad que
describen por nosotros las encuestas: "los pensamientos automáticos
derrotistas nos roban continuamente la conciencia de nuestro alto y
saludable bienestar emocional". Este mismo esquema se aplica a
diario en el terreno de la psicología clínica. Muchas terapias se basan
en el aprendizaje de técnicas y ejercicios conducentes al control de
los síntomas, renunciando a plantear los interrogantes básicos acerca
de su origen o sentido. Y tales métodos se presentan como
científicamente probados a través de experimentos empíricos, basados,
en su inicio, en la comparación de la conducta humana con la que se
puede observar en los ratones. El mensaje surge con claridad: "la
psique es mucho más simple de lo que se ha podido pensar o intuir,
responde a sencillos mecanismos de estímulo-respuesta, el hombre es un
animal previsible". La psicología, como disciplina dedicada al
estudio de la mente humana, y en su vertiente terapéutica, da cuenta de
la manera en que nos vemos a nosotros mismos, del modo en que nos
acercamos a los demás y de la idea de bienestar y curación que
proyectamos en quienes sufren. Su estado no hace más que demostrarnos
la pobreza de nuestras aspiraciones, la poca importancia acordada a la
creatividad y al juego, la profunda limitación de nuestra concepción
del ser humano. Las llamadas estrategias de distracción proponen
desviar la atención de la angustia para centrarla en banalidades
cotidianas: el número de personas que llevan una prenda roja en un
vagón de metro o la suma de las matrículas de los coches. ¿Por qué
aspirar a que una persona disfrute del arte o encuentre un refugio en
su imaginación? ¿Por qué tratar de ahondar en sus desdichas y
reflexionar sobre ellas? ¿Por qué escuchar, con el compromiso que exige
la verdadera escucha, sus sueños, temores y esperanzas: adentrarse en
el terreno de lo no vivido? Es más sencillo y eficaz hacer un vacío en
el pensamiento, desconfiar del poder de la palabra. Las terapias, lejos
de tratar de conducir a las personas a la máxima realización de sus
posibilidades, se convierten en la negación de lo específicamente
humano: renuncia al vuelo del pensamiento y a la radical función del
lenguaje. Como si a un pájaro atemorizado se le convenciera de que la
vida es hermosa sobre una rama y no es conveniente que se lance a
volar. A pesar de haber nacido con alas, se le recomienda que no las
utilice, pues entrañan peligros. ¿Para qué arriesgarse? Uno puede
perderse o caerse en las alturas, errar el camino de vuelta, ser
atacado o sentirse inseguro. Nada le garantiza el bienestar. Del mismo
modo la psicología, en su progresivo empobrecimiento, desea
convencernos de que no merece la pena adentrarse en los oscuros caminos
del pensamiento, la imaginación y la memoria. Se afana en disfrazar su
complejidad, reforzar sus engaños, no descubrir sus potenciales. Parece
ignorar que, como dijo Hölderlin, en "el peligro puede estar, también,
la salvación".
Una arriesgada reflexión resulta imprescindible: ¿Qué
hemos hecho del estudio de la mente humana, ese lugar fascinante y
enigmático, para que haya derivado en tal cantidad de despropósitos?
Toda la responsabilidad es nuestra. La vida y el mundo dependen del
sentido que queramos otorgarles: de la medida en que estemos dispuestos
a implicarnos, del compromiso que adquiramos con ellos. Un cuento
proveniente de la tradición de los judíos jasidim, puesto en boca del
Baal Shem Tov, llama la atención sobre el enorme potencial de nuestras
realidades, pero también sobre la incesante tentación de apartar e
ignorar sus maravillas: "¡Ay! ¡El mundo está lleno de brillantes
resplandores y de misterios y el hombre los aleja de sí con una pequeña
mano!". La psicología puede ser el terreno privilegiado de la
imaginación, la memoria, la reflexión y el juego; también el de la
obviedad, la simplificación y el conformismo. La elección sólo recae en
nuestra pequeña mano.
Gustavo Martín Garzo es escritor.
Publicado en EL PAÍS, el 16 de septiembre de 2007.

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