Porqué la psicoterapia es “un asunto personal”

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Porqué la psicoterapia es “un asunto personal”

Mensaje  jordytellez el Dom Mar 30, 2008 1:01 am

Es un hecho
palpable que a fuerza de utilizar determinados términos, estos pierdan
peso, se aligeren y un día nadie se acuerde de lo que alguna vez
significaron. Si es que significaron algo más allá de lo que impone la
moda del momento o dicta el “experto” de turno. Uno de estos términos
es, dentro del ámbito de la “salud mental” y de la “salud” en general,
el de “psicoterapia”. Dentro de este escrito trataré sobre un aspecto
de esta… ¿técnica? ¿arte? ¿actitud?, y lo que implica para el
profesional.
Un
profesional cobra por un determinado servicio o producto, ya sea
palpable o etéreo. Lo que hace dicho profesional, a lo que se dedica,
normalmente lo hace mejor que otros, o al menos está dispuesto hacerlo
cuando otros no. Y además al menos alguien está dispuesto a pagar por
estos servicios, tienen por tanto un valor para otro u otros, valor que
convirtiéndose en precio sostiene por tanto que alguien se dedique a
esto y no muera de inanición y miseria. Aplicando esto a la
psicoterapia tenemos toda una profesión o categoría laboral, la de psicoterapeuta, que se superpone a la de psiquiatra o psicólogo, y a otras categorías, como modernamente reclaman algunos filósofos.
Esta
profesión ofrece un servicio que atañe a la “salud mental” (otro
concepto nada fácil de definir) del prójimo. Suponemos pues que los
servicios de un psicoterapeuta se encaminan a mejorar, sin utilizar
sustancias psicoactivas (drogas) ni otros medios físicos intrusivos, la
salud mental del cliente/paciente/usuario por medio de las palabras,
los actos y la relación que se establece. Aunque aquí se podría poner
una falta a mis esfuerzos por englobar en una definición a todas las
escuelas de psicoterapia, pues algunas priman o enfocan técnicamente la
relación, otras las tareas para casa, otras la educación, otras las
interpretaciones, otras la dramatización…creo que la lista sería
ingente y variada. Así que por intentar de nuevo esquematizar, digamos
que en esta actividad alguien se relaciona con otro intentando que de
esta relación este otro salga beneficiado en lo que atañe a su salud
mental y por esto el primero reciba algún tipo de compensación,
normalmente económica.
Entonces,
¿es posible realizar esta actividad al margen de las propias creencias,
biografía, temores y esperanzas del terapeuta? ¿Es posible mantener una
postura neutral y objetiva ante un paciente/cliente/usuario? Mi
objetivo en este escrito es contestar a estas preguntas con un no. Y
señalar que una vez descartada esta posibilidad se abre la
responsabilidad para el terapeuta de elegir, con todos los
condicionantes de su historia y situación, desde el marco teórico en
que posicionarse hasta la forma de implementarlo que lo definirá en
buena medida en su día a día como profesional y como persona.
Esta
responsabilidad de la que hablo a la hora de situarse profesionalmente
ante la labor psicoterapéutica no tiene la intención de primar uno u
otro enfoque o escuela de psicoterapia. Al entrar en el ámbito de la
ética personal los juicios a mi entender deben ser inmanentes (desde
uno mismo) porque las consecuencias también serán personales e
intransferibles. Mi intención en este sentido es más despertar la
reflexión sobre el tema ya que se hayan dado o no estas consideraciones
conscientemente, estas dejarán sentir su peso en la persona del
terapeuta y en su clientela.
A
la luz de marcos teóricos como los de la cibernética o la teoría de la
complejidad, cada vez nos es más difícil sostener la abstracción del
“observador neutral”, epítome de la ciencia, que estudia un caso con
pulcritud y objetividad. Desde el mismo momento en que se aborda un
caso se enmarcan y ordenan los datos dentro del aparato teórico del que
disponemos. El mismo término “salud mental” queda cruzado por
diferentes definiciones y puntos de vista desde determinadas visiones
de lo que significa ser humano, qué es la salud, o si existe la mente
como algo separado del cuerpo. Profundizando en estos temas nos
asombrará advertir cómo dentro de nuestras “racionales” cavilaciones se
cuelan desde la base prejuicios fundados en preferencias estéticas,
morales, culturales, etc, que empapan todo el lógico edificio sobre el
que asentamos nuestra práctica. Ejemplo de esto lo tenemos en el
llamado “dualismo” que signa nuestra racionalidad desde tiempo de
Platón, o la “capacidad de adaptación” entronizada como sinónimo de salud en lo que a la vida psíquica se refiere.
Estos
prejuicios impregnan los avances “científicos” desde el mismo inicio de
sus planteamientos. Los datos no son más que soportes de hipótesis
hijas del pensamiento racional, hipótesis que tienen valor mientras
demuestren su utilidad predictiva o estimativa, hasta que más y más
datos escapan a estas hipótesis y es necesario renovarlas o rehacerlas
desde la razón y la creatividad (son los famosos paradigmas de Kuhn).
La “objetividad” es una ilusión práctica a determinados niveles, que
comienza a balbucear cuando el investigador toma como objeto de su
escrutinio al sujeto como tal, sobre todo si es a sí mismo. Desde
mitad del siglo pasado viene poniéndose acento en la investigación de
los llamados “factores comunes” en psicoterapia. Se intentaron aislar
estos factores entre la inmensa variabilidad técnica existente. Llama
la atención cómo uno de los factores principales aislados fue el que
atañe a la capacidad del terapeuta de establecer una relación sólida y
sana con el paciente, más allá del marco teórico en que se mueva y con
el que conceptualice la situación. Aunque estos marquen la práctica y
pongan mayor acento en un planteamiento determinado o en cierto aspecto
a tratar, mi tesis es que incluso estas teorías se enmarcan en todo un
entramado subjetivo del terapeuta que tiene que ver con su historia,
sus saberes y sus recursos emocionales personales que se despliegan sin
remedio en el proceso terapéutico. Esta obviedad no es tenida
usualmente en cuenta en la enseñanza de la psicoterapia, que es
considerada en muchos casos como una pura “técnica”. Una receta, una
prescripción que se cumplirá o no dependiendo de la fuerza de voluntad
del sujeto. Descuidamos así un aspecto fundamental del “manejo” de uno
de los principales aspectos de la terapia: la relación que
establecemos. Y pongo entre comillas la palabra “manejo”, por parecerme
inadecuada pues puede hacer pensar que existe una receta sobre cómo
debemos relacionarnos con otro sujeto que nos pide ayuda. Quizás
necesitamos pensar que pisamos terreno firme sobre todo cuando somos
principiantes en este arte.

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