Ponencia: Menores en conflicto

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Ponencia: Menores en conflicto

Mensaje  jordytellez el Dom Mar 30, 2008 12:59 am

Las demandas que reciben los ESMD y las USMIJ son muy variadas:
problemáticas familiares, violencia, malos tratos, rechazo del sistema
educativo, abusos, adicciones etc.

En las familias que
atendemos no suele aparecer aisladamente uno de estos problemas, sino
varios, el panorama familiar cuando nos acercamos suele ser desolador,
de manera que la impotencia es la primera vivencia del profesional, a
la que tiene que sobreponerse, y deprisa, porque hablamos de familias
en las que hay niños, niños que corren múltiples peligros, peligros que
por la sola experiencia de haber visto tantos en esas mismas
circunstancias, los profesionales ya pronosticamos con facilidad acerca
de su futuro : “ son carne de cañón”, pensamos y decimos... serán
delincuentes, prostitutas, toxicomanos, padres y madres que abandonarán
o maltratarán a sus hijos”.

Nos corre prisa hacer algo para
sacar a estos niños de esta situación de mal-estar en el mundo, sin
embargo sabemos que la prisa trae consigo un peligro: el de actuar sin
darnos el tiempo necesario para comprender lo que está en juego en una
familia en la que vemos riesgos para los niños. Por eso voy a intentar
en este espacio que me han ofrecido, plantear algunas cuestiones a
vuestra reflexión, precisamente porque creo que es imprescindible antes
de iniciar una intervención.

Si vemos el drama de estos niños
desde un prisma social, consideramos que el peligro viene dado por la
familia en la que han nacido, el barrio en el que crecen , las
amistades que tienen... en definitiva el mundo en el que viven, esa
sería de la causa su ese mal-estar.

Me detendré por un momento
en esta consideración del maltrato infantil como un problema social.
Considero que es importante porque la definición que damos de un
problema orienta los cursos de la acción a seguir. Si hablamos de
“problemas sociales”, lo que decimos es que hay una perturbación del
orden social y en consecuencia es obligada una acción de control
social, de orden público y un agente que la ejerza. No es conveniente
olvidar que esta función de agente de control social la encarnamos todo
el sistema de protección a la infancia: desde el pediatra o el maestro,
el equipo de SSCC, el ETF, el SPM, el sistema judicial...En el sentido
de que parte de nuestra función es no consentir que los niños vivan en
un contexto familiar que nos les proporciona los cuidados mínimos para
su desarrollo.

Porque es parte de nuestra función, condiciona
nuestra manera de actuar y creo que es conveniente pensar en como lo
hace. Dejo aquí sólo subrayado este tema, para proseguir con el
mal-estar de los niños y de las familias. Un mal-estar que muchas veces
más bien habría que denominar horror, digo esto porque el malestar
interroga a la persona, si me siento triste, inquieto, enfadado cabe la
posibilidad de que me pregunte que me hace sentir así, me siento mal y
a veces no sé muy bien por qué. El horror, sin embargo, paraliza, deja
sin palabras.

Todos nos preguntamos en ocasiones ¿ cómo es
posible que en una sociedad que defiende ideales universales acerca del
bienestar para todos los ciudadanos pueda existir tanto horror para
algunos?. Salud para todos, educación para todos, la consideración de
que toda violencia contra los niños constituye una violación de los
Derechos Humanos., que hay que erradicar... son ideales que sostiene
nuestra sociedad, sin embargo hay amplios sectores de la población que,
en todos los tiempos, quedan fuera de las máximas universales.

De estas máximas globales que tienen el efecto de tratar de borrar las
diferencias que hasta ahora se muestran como inevitables, como nos
enseña la historia. Pero en un modelo globalizador no se admiten esas
diferencias, como tales y se transforman en exclusiones de la norma.
Quiero decir que lo que se trata de plantear como universal no admite
lo que no se incluye en la norma y queda expulsado del conjunto.
Evidentemente, con la mejor de las intenciones, tratamos de que los
niños de nuestra sociedad alcancen un nivel de bienestar que
consideramos necesario para su desarrollo físico, psíquico y social.
Para ello ponemos en marcha nuestro trabajo, para proporcionar a la
familia todos los recursos que precisaría para ello, en un intento de
incluirlos socialmente, sin embargo con un recorrido no demasiado largo
de trabajo en este campo podemos darnos cuenta de que es muy difícil
para la mayoría de las familias con las que trabajamos salir de la
marginación: vemos como las problemáticas se repiten hasta de
generación en generación.

Pareciera que esta posición de
exclusión social, de resto, de lo que queda por fuera del sistema se
perpetuara con la colaboración de sus protagonistas, que repiten una y
otra vez aquello que les condena al sufrimiento.

Una
familia en la que los niños que forman parte de ella, no tengan el
adecuado nivel de bien-estar, por causa de sus padres se denominarán
maltratados.

Mi pregunta es de qué le sirve a un niño llevar
a sus espaldas este nombre, que le define como ser pasivo, esta
etiqueta que ponemos los profesionales, además de para pasar a formar
parte del grupo de excluidos que no han tenido la suerte de alcanzar la
máxima del bienestar infantil. ¿Qué consecuencias tendrá esto para él?.
¿Qué consecuencias tendrá para nosotros, los profesionales que debemos
prevenir, evaluar, detectar, intervenir en situaciones de maltrato
infantil?

En primer lugar considerar que las formas de
agrupamiento de personas que se hayan fuera de los ideales sociales
universales como: padres maltratadores, niños maltratados, jóvenes
delincuentes... son palabras aplastantes que parecen querer nombrar la
totalidad de la persona, como si con esa palabra se estuviera haciendo
una descripción exhaustiva de su forma de pensar, de sentir, de
relacionarse, de imaginar etc. Con esas etiquetas se borra la
subjetividad, lo singular de cada persona, lo que la diferencia de
todas las demás. Su peligro es que nos provocan el espejismo de que
todos los niños maltratados son parecidos, lo esencial de ellos es
idéntico y por tanto podemos tratarlos como si todos fueran el mismo,
no hay nada que descubir de cada uno de ellos.

¿Y qué es eso
que comparten tan esencial? Que han tenido una infancia con carencias,
que son víctimas, como consecuencia, debemos salvarles de sus verdugos:
sus padres, a través de dos caminos posibles:
- cambiando el actuar de los verdugos
- separándoles de ellos.

...
el efecto es que victimizándoles, ya no hace falta escucharles, sabemos
de lo que sufren, lo que les ha faltado, lo que necesitan, lo que
desean.

A esto me refería cuando anteriormente hablaba de
nuestra función de control social: la sociedad nos encomienda la
función de no permitir que los niños sufran el Mal-trato de sus padres
y para ello intervenimos en las familias, lo quieran o no, muchas veces
sin su consentimiento.

El problema que planteo es:

-
Por un lado es necesario, imprescindible, incluso vital ( a veces
incluso puede correr peligro la vida del niño), nuestra intervención en
las familias.
- Por otro lado defiendo la idea de que para producir
un cambio en una persona es necesario el consentimiento del propio
interesado, y los dispositivos de control intentan producir cambios sin
el consentimiento del sujeto.

Para Aristóteles la vida de un
sujeto se construye sobre los si y los no que ha dado en su camino, así
aludía a la responsabilidad de cada persona de lo que hace con su vida
( sin olvidar las malas condiciones de las que puede partir, el lugar
que le den sus padres, lo que signifique el niño para ellos va a
condicionar las posibilidades de las que parte)

Pero además de
la responsabilidad de cada sujeto, también hay una responsabilidad del
profesional , y su posición subjetiva frente al otro, padre, madre,
niño.

Considero que nuestras intervenciones están marcadas
por lo imposible, imposible que todo sea educable, curable, tratable,
incluido socialmente... y precisamente este límite es el que abre las
condiciones posibles de lo intervenible. Y esto vale para todas las
disciplinas implicadas en el trabajo con familias en las que se produce
el maltrato infantil: ni el educador, ni el trabajador social, ni el
psicólogo se libran de toparse con los límites de su intervención.
Quiero decir que no todo en las familias podrá ser cambiado y habrá
muchas en las que nada. No todas las personas nos darán su
consentimiento para que intentemos escucharlas, y ayudarlas a que tomen
sus decisiones.

El consentimiento de sujeto, de la familia a la intervención nunca es total, hay márgenes y la decisión última depende de él.


Pero si nosotros asumimos la necesidad de una intervención sin esperar
a promover una pregunta acerca de qué de sí mismo le lleva a no asumir
su papel de padre o madre, a delinquir, desafiando una y otra vez la
ley, como vemos a tantos adolescentes, a caer en el exceso del maltrato
cuando castiga a su hijo... viendo sólo al niño como víctima y los
padres como culpables estaremos perdiendo la posibilidad de que se
responsabilice de sus actos y pueda dejar de repetirlos. También
tenemos, últimamente, la otra versión: padres víctimas de sus propios
hijos. Hijos que no sólo desafían a sus padres, sino que llegan al
maltrato y cuando se les escucha hablan desde la total impunidad...El
riesgo sigue siendo el mismo unos son víctimas y otros culpables.

. Es fácil ver a los niños sólo como víctimas y a los padres sólo como
culpables. En ambos casos se produce una perdida de la responsabilidad,
en la victimización por defecto, puesto que el niño sólo es visto como
el objeto sobre el que recae el maltrato, la negligencia, el abandono,
corriendo el riesgo de perder de vista que fundamentalmente es un
sujeto con sus propias interpretaciones de lo que está sufriendo, sus
propios juicios, sus propios deseos respecto a como quiere que sea su
futuro, sus propias decisiones sobre si acepta a sus padres o no.
Evidentemente habrá situaciones en las que tendremos que contrariar los
deseos del niño, cuando sus deseos no sean compatibles con su vida,
cuando se encuentre en un riesgo tal que no quepa otra posibilidad que
poner un límite separándole de sus padres, aunque no sea lo que el niño
desee.

En el caso de los culpables, ya sea el padre/madre que
maltrata o el adolescente, que también lo hace, la pérdida de la
responsabilidad puede ser por exceso. El acto de violencia o de
negligencia puede ser tan radical que nos impida dar la palabra a la
persona para intentar endender que le llevó a ese acto. Si sólo
condenamos y no escuchamos, colaboramos con la repetición de los hechos.

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